César frunció el ceño y golpeó con los nudillos el reposabrazos del carro.
—Diles que los términos se mantienen como están, no tengo tiempo para cambios. La reunión se pospone para pasado mañana por la mañana. Si no están de acuerdo, que cancelen el contrato.
—Pero este proyecto implica…
—Haz lo que te digo —lo interrumpió César, su voz tan fría como el viento invernal—. No tengo tiempo para discutir con ellos ahora. Si aceptan, seguimos con el plan original. Si no, no me importa que se cancele.
Colgó y se aflojó la corbata, irritado. La pantalla de su celular no dejaba de mostrar nuevas notificaciones: solicitudes de departamentos, preguntas de socios y recordatorios de varias reuniones urgentes que llenaban la pantalla.
Martín observaba, nervioso. Normalmente, cualquiera de esos asuntos habría hecho que el señor Santillán volviera a la oficina de inmediato. Pero hoy, los estaba ignorando todos.
—Señor Santillán, el departamento de finanzas acaba de informar que hubo un problema con la auditoría del informe trimestral. Necesitan su firma para confirmar los ajustes; de lo contrario, no podrán presentarlo a tiempo mañana a la comisión de valores…
César cerró los ojos y respiró hondo.
—Que lo firme el director de finanzas. Yo asumo la responsabilidad.
—Además, hubo un accidente en la obra del este de la ciudad. Los reporteros ya están allí y necesitan que usted dé una declaración.
—Que el departamento de relaciones públicas los entretenga. Diles que estoy ocupado con un asunto urgente y que daré una respuesta en una hora.
—Entendido.
César se masajeó las sienes, sintiéndose agotado, y se recostó en el asiento. Era como una máquina que funcionaba a toda velocidad. Siempre estaba ocupado, el tiempo nunca era suficiente. Por eso no tenía paciencia para estarla contentando todo el tiempo. Lo que él quería era una compañera sumisa, obediente y comprensiva. Alguien que no tuviera que hacer nada, solo esperarlo en casa. Que estuviera ahí para él cuando la necesitara, tanto física como emocionalmente.

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