César se enfureció aún más. Apartó la mano de Martín, sus ojos inyectados en sangre mezclada con el medicamento, lo que le daba un aspecto aún más feroz.
—¡Tráeme el celular!
—Enseguida. —Martín se lo entregó de inmediato.
—Siri, llama a Wendy.
El teléfono sonó un par de veces antes de que una voz mecánica respondiera: "El número que usted marcó está apagado".
—¿Apagado? —César frunció el ceño, y la tensión en el ambiente se volvió glacial.
Lo había bloqueado. Intentó llamar varias veces más, pero fue inútil.
—Señor Santillán —tartamudeó Martín—, ¿quiere que… compremos algún regalo y vayamos a la casa de la familia Quiroga a contentar a la señora?
Tras un momento de reflexión, y a pesar de su ira, César logró contenerse.
—¿Y qué esperas? ¡Muévete!
—Sí, señor. Ahora mismo lo arreglo.
César se aplicó más gotas en los ojos y se recostó en el sofá para descansar. Solo quería darle una lección, bajarle los humos. Pero ahora se daba cuenta de que, si no la contentaba pronto, la separación podría ser definitiva.
…
Una hora después, César llegó con regalos a la mansión de la familia Quiroga. Tocó el timbre y el mayordomo salió a abrir. Al reconocerlo, se mostró respetuoso.
—Señor Santillán, ¿qué lo trae por aquí?
César se ajustó las gafas.
—Vengo a buscar a Wendy.
—La señorita no está en casa. —Aunque el mayordomo fue cortés, no tenía intención de abrir la puerta. Se limitó a hablar con él a través del portón.
César sintió un nudo en el estómago.
—¿Y a qué hora vuelve?

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