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Tu Tío en mi Cama: El Inicio de mi Venganza romance Capítulo 174

César se enfureció aún más. Apartó la mano de Martín, sus ojos inyectados en sangre mezclada con el medicamento, lo que le daba un aspecto aún más feroz.

—¡Tráeme el celular!

—Enseguida. —Martín se lo entregó de inmediato.

—Siri, llama a Wendy.

El teléfono sonó un par de veces antes de que una voz mecánica respondiera: "El número que usted marcó está apagado".

—¿Apagado? —César frunció el ceño, y la tensión en el ambiente se volvió glacial.

Lo había bloqueado. Intentó llamar varias veces más, pero fue inútil.

—Señor Santillán —tartamudeó Martín—, ¿quiere que… compremos algún regalo y vayamos a la casa de la familia Quiroga a contentar a la señora?

Tras un momento de reflexión, y a pesar de su ira, César logró contenerse.

—¿Y qué esperas? ¡Muévete!

—Sí, señor. Ahora mismo lo arreglo.

César se aplicó más gotas en los ojos y se recostó en el sofá para descansar. Solo quería darle una lección, bajarle los humos. Pero ahora se daba cuenta de que, si no la contentaba pronto, la separación podría ser definitiva.

Una hora después, César llegó con regalos a la mansión de la familia Quiroga. Tocó el timbre y el mayordomo salió a abrir. Al reconocerlo, se mostró respetuoso.

—Señor Santillán, ¿qué lo trae por aquí?

César se ajustó las gafas.

—Vengo a buscar a Wendy.

—La señorita no está en casa. —Aunque el mayordomo fue cortés, no tenía intención de abrir la puerta. Se limitó a hablar con él a través del portón.

César sintió un nudo en el estómago.

—¿Y a qué hora vuelve?

César lo escuchó con el rostro endurecido. El mayordomo, sudando frío, intentó explicar.

—Señor Santillán, por favor, no se enoje. Solo sigo las órdenes de la señorita.

—Está bien, ya entendí. —César, sin culpar al mayordomo, se dio la vuelta y subió a su carro.

Si no lo dejaban entrar, esperaría en el carro hasta que ella volviera. Una vez dentro, Martín le sirvió agua y desplegó la mesita de trabajo, atendiéndolo con sumo cuidado.

—Señor Santillán, un poco de agua. El secretario y el vicepresidente acaban de llamar. Los accionistas preguntan cuándo irá a la oficina.

—Diles que me envíen las actas de las reuniones y que marquen los puntos importantes. —César no levantó la vista, sus ojos seguían fijos en la puerta de la mansión.

—Entendido, señor Santillán. —Martín asintió y comenzó a teclear en su celular, transmitiendo las órdenes al equipo de secretaría.

Pero no pasaron ni dos minutos cuando el celular volvió a sonar con insistencia. Era el vicepresidente.

—Diga.

—Señor Santillán, el socio europeo ha cambiado de opinión. Quieren modificar las cláusulas del contrato. La videoconferencia de mañana debe ser con usted, de lo contrario, podrían cancelar el acuerdo… —La voz del vicepresidente sonaba angustiada.

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