—No te acerques y no me busques más. Te lo digo, entre nosotros se acabó.
Wendy lanzó la frase con una frialdad cortante y se dirigió a toda prisa hacia la puerta de la habitación. No quería tener nada más que ver con él. Los hombres, esas criaturas falsas y aterradoras, le daban pánico. Quizás existía el amor verdadero, pero ya no lo anhelaba, ya no quería volver a amar a nadie con todas sus fuerzas.
—Wendy, Wendy… —César la siguió unos pasos, pero la fiebre lo debilitaba y la vista se le nubló.
Wendy salió de la habitación, secándose las lágrimas.
—Wendy, ¿tan pronto saliste? —le preguntó la señora Quiroga.
Wendy, esforzándose por mantener la calma, respondió:
—Mamá, César ya está fuera de peligro. Vámonos.
La señora Quiroga se quedó perpleja.
—Ya despertó, no le pasa nada. No tiene caso que nos quedemos aquí, mejor volvamos a casa.
Andrés, boquiabierto, tartamudeó:
—Señora, ¿así… así nada más se va?
Acababa de entrar y había interrumpido al señor Santillán y a la señora a punto de… ¿Tan rápido había terminado el señor Santillán? Demasiado rápido. Bueno, claro, con tanta fiebre, era normal que no tuviera fuerzas.
Wendy, con el rostro sombrío, ignoró a Andrés.
—¡Mamá, vámonos!
—¡Ah, está bien! Andrés, cuida bien a César.
—No se preocupe, señora Quiroga, lo haré.
Madre e hija, sin decir más, se dirigieron hacia la salida del hospital. Al llegar al estacionamiento, el chofer les abrió la puerta.
—Señora, señorita, por favor, suban.
—¡Wendy, sube!
—¡Sí!
Apenas subieron, el chofer arrancó el motor. En ese momento, la puerta del elevador se abrió y César salió, tambaleándose, y corrió hacia el carro.
—Wendy, espera, espera un momento…
Wendy, con el rostro impasible, le ordenó al chofer:
—Arranca, no te detengas.
—Sí, sí, enseguida. —El chofer no dudó y pisó el acelerador.

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