La señora Quiroga, al escucharla, suspiró con preocupación.
—Ay, pero si tú todavía eres una niña. Me inquieta que te conviertas en madre soltera.
Wendy le dirigió una mirada firme.
—Mamá, no te preocupes, seré una buena madre.
La señora Quiroga sintió un nudo en la garganta, el sufrimiento de su hija le dolía en el alma.
—Wendy, por favor, no te exijas demasiado, no finjas que eres fuerte.
Wendy esbozó una sonrisa de resignación, su tono aún más sereno y decidido.
—Mamá, de verdad no tienes por qué preocuparte por mí. Puedo con esto. No soy tan frágil como crees.
A pesar de sus palabras, la señora Quiroga seguía con el corazón encogido. Últimamente, sentía que su hija había cambiado, como si hubiera madurado de la noche a la mañana. Ya no era la niña mimada, caprichosa e ingenua de antes. Ahora tenía una especie de… sabiduría, como si hubiera visto demasiado del mundo.
El carro se alejó del hospital. El paisaje urbano se desdibujaba tras la ventanilla. Wendy se acarició el vientre, sintiendo la fuerza y la determinación que le infundía esa pequeña vida. El amor, el matrimonio… ya los había probado. Tanto con Dante como con César, el final había sido el mismo, decepcionante. Así que, a partir de ahora, se dedicaría a sí misma, a sus padres, a su hijo. Cualquier opción era mejor que amar a un hombre.
Su teléfono vibró. Andrés la había llamado varias veces, pero no había contestado. Ahora le llegaba un mensaje.
[Señora, el señor Santillán de verdad se desmayó. El médico dice que su estado es grave. Por favor, vuelva a verlo.]
[Antes de perder el conocimiento, no dejaba de repetir su nombre. Señora, por favor, tenga piedad de él…]
Wendy leyó el mensaje con indiferencia y bloqueó el número de Andrés. No quería saber nada de César. Su relación había comenzado demasiado rápido, sin conocerse bien, solo llevados por la pasión. Ahora que la lucidez había vuelto, era hora de terminar.
…
Al día siguiente, Wendy se levantó temprano y revisó su equipaje una vez más, asegurándose de no olvidar nada. La señora Quiroga suspiró profundamente.
—Wendy, todavía estás a tiempo de arrepentirte.
Wendy sonrió con desenfado.

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