—…César, ¿qué haces aquí? —preguntó Wendy, atónita.
El rostro de César mostraba un toque de cansancio, pero la miraba fijamente, una sonrisa de disculpa en sus labios.
—¡Qué casualidad! ¿Tú también vas a Suiza?
Wendy se quedó de piedra. ¿Cómo sabía que iba a Suiza hoy? Además, ayer estaba en el hospital, moribundo, ¿y hoy ya estaba como si nada?
—Voy a Suiza con mi esposa de luna de miel —dijo César, alzando una ceja, provocándola—. ¿Y usted, señorita Quiroga, a qué va?
Wendy se quitó las gafas de sol de un tirón, la sangre le hervía.
—¿Quién es tu esposa?
Se desabrochó el cinturón y se levantó de un salto, dispuesta a bajar del avión para escapar de él. Pero César la sujetó por el hombro y la obligó a sentarse de nuevo.
—El avión está a punto de despegar, no puedes moverte. Siéntate.
Wendy sentía que el pecho le iba a estallar.
—César, ¿estás loco? ¿Por qué me sigues?
—¿Quién dice que te sigo? —se encogió de hombros, inocente—. Ya te lo dije, voy a Suiza con mi esposa de luna de miel.
—¡Cállate! No hemos firmado el acta de matrimonio, legalmente no somos esposos.
César la miró con calma, atrapándola entre sus brazos.
—¿Y? ¿Pretendes huir con el bebé? ¿Dejar al padre fuera de la ecuación?
Wendy, furiosa, casi escupe sangre.
—Estás enfermo.

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