—¿Ya no huelo a sudor? ¿Puedo acercarme un poco más? —Se inclinó, su nariz casi rozando la frente de ella, sus ojos brillando con una sonrisa que no podía ocultar.
Acababa de bañarse, pero como ella se había quejado del olor, había fingido obedecer y se había bañado de nuevo. Wendy no dijo nada, lo que él interpretó como un sí. Se sentó a su lado y tomó una cereza de la bandeja.
—Esta no está ácida, ¿quieres probar?
Esta vez ella no se apartó, abrió la boca y la mordió. El jugo, dulce, le estalló en la boca. César, sin dudarlo, se comió el resto.
—Tenías razón, está muy dulce —dijo, enarcando una ceja.
—¿Quién te dijo que te la comieras? —protestó Wendy.
—Te la devuelvo. —Hizo ademán de escupírsela en la boca.
Wendy, harta, lo empujó.
—¡Lárgate, qué asco!
César, riendo, le hizo cosquillas.
—¿Todavía estás enojada?
—¡Suéltame, jajaja… no, para… me haces cosquillas!
Al ver que por fin se reía, César suspiró aliviado y la abrazó.
—No te enojes más. Reconozco que antes fui un patán, no debí aprovecharme de la situación.
Wendy se quedó perpleja, no esperaba una disculpa tan repentina.
—Pero de verdad tenía miedo de que te enojaras, de que me ignoraras. De ahora en adelante, solo te tendré a ti en mi corazón, solo te amaré a ti, ¿de acuerdo?
—Mentiroso, no te creo —dijo ella, poniendo los ojos en blanco.
—Lo juro por el cielo.
—Déjalo, no jures, que estamos en el cielo. Si mientes y te cae un rayo, nos arrastrarás a todos contigo.

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