—No quiero hablar contigo —dijo Wendy, lanzándole una mirada de reproche, su corazón un torbellino de emociones.
César, abandonando su tono juguetón, le habló con ternura.
—Bueno, duerme otro poco.
Wendy bostezó, sintiéndose agotada. Se acostó y se durmió de nuevo. César se quedó a su lado, cuidándola, arropándola de vez en cuando. Al fin y al cabo, estaba embarazada. Costara lo que costara, tenía que asegurarse de que el bebé naciera sano y salvo.
…
Cuatro horas después, el avión aterrizó en Zúrich. La niebla matutina cubría las cimas nevadas de los Alpes.
—Atención, pasajeros, hemos llegado a nuestro destino. Por favor, recojan su equipaje…
César ya había guardado todo y ayudaba a Wendy a levantarse.
—Vamos. Considera este viaje nuestra luna de miel. Disfrutemos de este momento romántico.
Wendy, con el corazón encogido, no dijo nada. Por ahora, él estaba a prueba. Ya se vería si la pasaba o no.
César tomó a Wendy de la mano y salieron de la cabina. El clima de principios de marzo en Suiza era fresco. Wendy se ajustó el abrigo. César sonrió, se quitó su bufanda de cachemira y se la puso a ella, haciendo un nudo elegante.
—Abrígate bien, no te vayas a resfriar.
—Sí —respondió ella en voz baja.
—¿Está lista, señora Santillán? Nos esperan dos semanas de viaje.
—¿A dónde vamos?

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