Wendy contuvo el aliento. Se recargó contra el frío respaldo de su silla de cuero, sintiendo un sabor a hierro en la garganta.
La voz de Dante, como un hilo de seda envenenado, se enroscó en su cuello a través del teléfono.
—Dime, si estas pruebas salen a la luz, la reputación de tu padre… vaya, vaya, me temo que se hará añicos, ¿no crees? Pasará el resto de su vida en la cárcel, ¿verdad?
—… —Wendy se quedó paralizada, como si la hubieran sumergido en un pozo de hielo.
Si su padre de verdad había hecho esas cosas, su exposición no solo destruiría su reputación, sino que podría suponer la ruina para toda la familia Quiroga.
Sin embargo, confiaba en la integridad y los principios de su padre.
—Dante, no intentes asustarme con pruebas falsas. Conozco a mi padre. —Hizo un esfuerzo por calmarse, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. La justicia tarda, pero llega. Si mi padre hubiera hecho algo ilegal, en nuestra vida anterior no se habría jubilado con todos los honores.
Dante soltó una risa siniestra y burlona.
—Eso fue porque en esa vida era mi suegro. Por supuesto que no quería que cayera. Pero en esta… como ya no lo es, ¿por qué iba a desearles el bien?
Wendy sintió una punzada en el corazón y, aprovechando el momento, activó la grabadora de voz.
—Dante, fabricar pruebas es un delito.
—Ah, qué lista —dijo Dante, con un tono que se había vuelto sombrío—. Pero, ¿crees que a la fiscalía le importará si son verdaderas o falsas al principio? En cuanto la noticia se extienda, las acciones de la empresa de tu madre se desplomarán. Y en cuanto a ti… bueno…
Dejó la frase en el aire, con un matiz de crueldad y triunfo.
A Wendy se le oprimió el corazón.
—¿A qué quieres llegar? ¡Dilo de una vez!
Aunque confiaba en que su padre no había hecho nada ilegal, sabía que, si alguien quería acusarte, siempre encontraría la manera. Dante, que había triunfado en el mundo de internet en su vida anterior, era un maestro de la manipulación mediática. Podría tergiversar la verdad y crear un escándalo de la nada.
Dante se rio con frialdad, con una mezcla de rabia y desprecio.
—Je, je, de verdad que no aprendes hasta que te estrellas. Ahora que ves las pruebas, ¿empiezas a tener miedo?
Wendy contuvo la respiración.
—Entonces no me culpes por ser despiadado.
Wendy también se rio, con el mismo tono gélido.
—Dante, eres el típico caso de "si no puedo tenerte, te destruyo", ¿verdad?
Dante soltó una carcajada despreocupada.
—Wendy, si vuelves a mi lado, ¿cómo podría atreverme a destruirte? Tú y yo recordamos nuestra vida anterior. Si unimos fuerzas, podemos convertirnos en los más ricos del mundo. Te daré todo lo que desees. Pero si te empeñas en seguir por el camino equivocado, acabaremos destruyéndonos mutuamente.
Al oírlo, Wendy soltó una risa suave, cargada de una determinación inquebrantable.
—Dante, ¿se te olvida que, si me atreví a enfrentarme a ti, es porque no esperaba salir ilesa?
Dante se rio con frialdad.
—No tienes que decirme nada más. Te he dado una oportunidad. La vida de tu padre está en tus manos.

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