[Bea, ¿por qué andan diciendo que eres hija de los Guzmán? Explícales que eres mi hija.]
Era su madre.
Beatriz frunció el ceño con furia. Esa mujer no servía para nada más que para arruinarlo todo.
[Nos vemos ahora mismo.]
No iba a permitir que su futuro se fuera a la basura por culpa de ella.
Se citaron en una cafetería tranquila en las afueras, casi vacía por la noche. Beatriz condujo una hora para evitar a los paparazzi.
La señora Romero miró a Beatriz con alegría; hacía mucho que no la veía. Beatriz le había comprado un departamento pequeño y le pasaba una mensualidad, pero no la visitaba. La señora pensaba que tenía suerte de que alguien la mantuviera en su vejez. De joven sufrió mucho, perdió a su esposo y a su hijo. Ahora, al menos tenía seguridad económica.
Pero Beatriz solo sentía repulsión al verla.
—No te metas en mis asuntos. Y que no se te ocurra decirle a nadie quién soy. Si abres la boca para decir que soy tu hija, te quito el departamento y el dinero. Te vas a quedar en la calle.
La señora Romero la miró asustada y sumisa.
—Bea, no lo haré. No te enojes con mamá. Es que estos días he estado pensando mucho en tu hermano. Me acuerdo de él y de tu papá y me duele el corazón.
Beatriz estaba harta de sus lamentos. Desde niña, cada vez que su madre discutía con Camilo, iba a llorarle a ella. Beatriz, de pequeña, la consolaba y la defendía. ¿Y qué hacía su madre? Apenas Beatriz se enfrentaba a su padre, ella la regañaba: «Déjalo, tu papá tiene una vida difícil, no lo hagas enojar». Y luego se contentaban como si nada.
Beatriz entendió hace mucho que su madre era un caso perdido.
—Basta. Están muertos, no los menciones frente a mí.
Lloraba con una delicadeza ensayada. A pesar de los años y las arrugas que delataban una vida dura, seguía siendo una mujer hermosa, belleza que Beatriz había heredado.
Beatriz estalló, mirándola con histeria contenida.
—¿Crees que yo quería ser tu hija? Aparte de vivir a mis costillas y darme problemas, ¿qué has hecho por mí?
Desde que comprendió la realidad de su familia, Beatriz casi nunca lloraba. Era más dura y madura que cualquiera de su edad. Sabía perfectamente que estaba sola en el mundo.
Se limpió las lágrimas con la manga de forma brusca.
Cuando recuperó la compostura, su mirada era de hielo absoluto.
—Recuerda muy bien lo que te dije esta noche.

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