A finales de diciembre, ya nevaba en Cruz del Sur. Los padres de Esteban también habían regresado. La señora Elena llamó para decirle a Esteban que fuera a cenar a la casa en Nochebuena. Él aceptó.
Simón había notado que, desde que Gloria se fue a Umbelea, la carga de trabajo había aumentado brutalmente; el jefe se había vuelto aún más adicto al trabajo. Debido a esto, Simón tuvo que posponer su boda para el año siguiente. Aunque, claro, como el bono de fin de año fue muy generoso, no tenía quejas, y su prometida lo entendía.
Ese día, Esteban dejó salir a Simón temprano.
—Simón, ya vete.
Simón levantó las cejas con sorpresa.
—¿Me va a descontar el día? ¿Cuenta como salida anticipada? —preguntó bromeando.
Esteban dejó los documentos, levantó la vista y sonrió levemente.
—Si quieres que te descuente, lo anoto como falta.
Luego borró la sonrisa y explicó:
—¿No quedaste con tu prometida para salir? Vayan a divertirse.
Simón recogió sus cosas de inmediato.
—¡Ya dijo! Gracias, señor Aguilar.
Simón no podía dejar de sonreír. Había notado que, desde la partida de Gloria, Esteban era más comprensivo. Como ahora, dejándolo salir temprano.
Esteban terminó sus pendientes y manejó hacia la mansión. Iba solo, sin chofer. En el periférico le tocó tráfico. Se sentía ajeno al bullicio de la ciudad; todo el mundo se preparaba para recibir el año nuevo, mientras él se sentía sombrío.
De camino, paró a comprar unas cajas de los postres que le gustaban a la señora Elena. Con su abrigo gris oscuro, destacaba en la fila. Su porte elegante y esa aire inaccesible hacían que la gente volteara a verlo. Cuando la empleada le entregó los postres, también le echó una miradita discreta.
Esteban solo soltó un «mjm».
Los cuatro se sentaron a la mesa. Esteban estaba callado, mientras que Patricio y Maite no paraban de buscar temas de conversación. Maite peló un camarón para Esteban. Él no movió los cubiertos. Se escuchó el suspiro largo de la señora Elena.
Maite señaló el plato de su hijo.
—Esteban, ¿por qué no comes?
Esteban abrió la boca para decir algo, pero la señora Elena tomó el camarón y se lo pasó a su propio plato.
—Esteban es alérgico a los camarones. Ustedes dos, de verdad, qué barbaridad.
Patricio y Maite bajaron la cabeza, avergonzados.

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