Gloria guardó el celular en el bolsillo y siguió trabajando.
Los días eran cada vez más cortos y las noches más largas. El cielo ya se había oscurecido.
Afuera, el viento comenzó a soplar, provocando un aullido constante contra las ventanas. De repente sintió frío y su mirada se desvió inconscientemente hacia el exterior, perdida en sus pensamientos.
Antes de renacer, le encantaba estar pegada a Esteban. Le compartía absolutamente todo. Aunque a él no le gustara escuchar, ella estaba dispuesta a hablar sola, como si actuara en un monólogo, hasta que se cansaba.
—Gloria, Gloria.
—Cómetelo mientras esté caliente.
Un camote asado apareció frente a sus ojos, trayéndola de vuelta a la realidad. Era Nora.
—Ándale, agárralo —dijo sonriendo.
Al ver su sonrisa, Gloria no pudo evitar sonreír también, dejando ver esos hoyuelos en sus mejillas.
—Gracias, Nora.
—No hay de qué, cómetelo calientito. —Nora acababa de ver a un señor mayor vendiendo camotes afuera. con este frío, le dio lástima y le compró todo el puesto, justo lo suficiente para repartir en el área.
Gloria tomó una cucharada y se la llevó a la boca; el camote dulce y suave se deshizo en su paladar. Estaba delicioso.
Al terminar, se limpió la boca, completó el último expediente médico y recogió sus cosas para salir.
Salir del trabajo en invierno siempre dejaba una sensación desoladora. Se puso su boina y la bufanda. Al cruzar la puerta del hospital, el viento helado la golpeó. La nieve de los días anteriores casi se había derretido, dejando solo algunos montículos sucios.
Por otro lado, Esteban acababa de aterrizar. Gloria le había contestado el mensaje.
Esbozó una media sonrisa y bloqueó el celular con satisfacción.
Simón le informó:
—Señor Aguilar, la señorita Beatriz también está grabando hoy en Laguna Azul.
Esteban guardó el celular.
—Mmm. Comunícate con su mánager y asegúrate de que esté segura.


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