Esteban sonrió con ternura.
Gloria vio esa sonrisa y se enojó más.
—¿De qué te ríes? ¿Te parece muy chistoso?
Le lanzó una mirada fulminante y luego regresó a su recámara con el rostro inexpresivo.
Esteban apartó la mirada y siguió trabajando.
Se comunicaba en inglés con empleados en el extranjero.
Cuando hablaba inglés, su voz sonaba clara y elegante.
Poco a poco, oscureció.
Esteban pidió cena a domicilio por la noche.
Eligió un restaurante de comida ligera; era el bistró que había abierto Lucas.
Gloria estaba enferma, no le convenía comer cosas muy condimentadas.
Sonó el timbre y Esteban metió la comida.
—Gracias.
El empleado del restaurante estaba bien capacitado y tenía una excelente actitud.
—De nada, señor Aguilar. Que disfrute su cena.
Esteban guardó la computadora y fue sacando los envases uno por uno.
Conocía bien lo que le gustaba a Gloria, pero aun así pidió bastantes cosas.
La gente enferma no tiene mucho apetito y se pone melindrosa.
Esteban caminó hacia la puerta de su recámara y tocó suavemente.
—Gloria, a cenar.
Pasó un rato antes de que Gloria abriera.
Él seguía parado frente a su puerta.
Ella lo rodeó, se sentó directamente y empezó a comer.
Esteban había pedido consomé, una ensalada y pechuga asada.
Al ver que estaba dispuesta a comer, Esteban se preocupó un poco menos.
—¿Está bueno?
Gloria le respondió:
—Da igual.
—Gracias. ¿Cuánto te gastaste hoy en el mercado y en la cena? Te lo transfiero. Ah, y el tiempo que pasaste cuidándome, cuéntalo como horas extra. ¿Cuánto es? Te lo transfiero todo junto.
Diciendo esto, sacó su celular y abrió la aplicación del banco.


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