El segundo día de descanso de Gloria.
Durmió hasta despertar naturalmente.
Vio al hombre sentado en el sofá de la sala.
En cuanto entró se quitó el abrigo; traía una camisa blanca y se podían ver vagamente las líneas fluidas de su espalda. Tenía el brazo apoyado casualmente en el respaldo del sofá, con los músculos firmes y fuertes.
Gloria se quedó sin palabras.
Antes de que ella dijera nada, Esteban volteó.
Dejó los documentos que tenía en la mano con naturalidad, sin una pizca de vergüenza.
Su voz tenía un toque de pereza somnolienta.
—¿Ya despertaste? A desayunar.
Le había preparado avena en su propia casa.
Ella también se sorprendió de sí misma; alguien se había metido hasta la cocina a preparar el desayuno y ella seguía en el séptimo sueño.
Gloria forzó una sonrisa.
—Gracias.
La cara de Esteban se ensombreció un poco, mirándola fijamente.
—Gloria. No tienes que ser tan cortés conmigo. No hace falta que digas gracias todo el tiempo.
No quería verla tan distante y educada.
Eso lo hacía sentir inseguro, le daba miedo.
Pero a Gloria no le parecía que hubiera nada malo en ello.
—Primero desayuna.
Esteban se sentó y preparó los cubiertos.
Gloria comió rapidísimo; en cuanto terminó, se preparó para volver a su recámara.
Esa pequeña intención tampoco se le escapó a Esteban.
—Come despacio, no hay prisa.
Gloria no le hizo caso.
Esteban sonrió levemente y dijo con indiferencia:
—¿Quieres regresar a tu cuarto? Supongo que no quieres que entre contigo a la habitación, ¿verdad?
Dicho esto, bebió su café con toda la calma del mundo.
Gloria frenó sus movimientos por completo.
Sabía que él cumpliría lo que decía.
Por cómo se había comportado últimamente, hoy tampoco se iba a ir.
Y así, Esteban se quedó en su casa tres días.
Cocinaba, vigilaba que se tomara la medicina y luego se sentaba ahí a trabajar.
Siempre se iba hasta la noche.
El cuarto día.
Casi a la hora de la cena, Gloria quiso salir.
Esteban la detuvo.


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