Esteban esbozó una leve sonrisa. Sabía que ella fingía estar dormida, pero decidió no decir nada.
El trayecto transcurrió en silencio.
En cuanto llegaron, ella abrió los ojos más rápido que nadie y se bajó del coche de inmediato.
Esteban bajó y la llamó:
—Gloria.
Ella se detuvo, pero no volteó.
Él se quedó mirando su espalda mientras se alejaba, con una sonrisa amarga en los labios.
Al subir, Gloria notó que estaban subiendo muebles al piso 16.
Al parecer, el nuevo vecino estaba por mudarse.
Durante la remodelación, habían sido muy considerados; al menos ella nunca escuchó ruido cuando descansaba.
Por eso, aunque no conocía al dueño, ya le caía bien.
Al entrar a su departamento, sintió un gran alivio.
***
Al día siguiente, dieron de alta a Beatriz.
Los alrededores del hospital estaban llenos de reporteros y paparazzi. Incluso había medios transmitiendo en vivo.
El chat de la transmisión estaba a reventar: [¿Irá el Magnate Empresarial a recogerla?]
[Esperamos a Bea, ojalá esté mejor.]
Apenas Beatriz salió del hospital, se volvió tendencia número uno.
Adriana ya había pagado por varios hashtags para que la gente sintiera lástima por ella.
#BeatrizHerida
#LaBSeLastimaYGrabaHastaElFinal
#ProfesionalismoDeBeatriz
Estos temas despertaron la compasión de los fans de inmediato.
[Pobre Bea.]
[¡Ay, qué profesional!]
Pero también hubo gente a la que no le importó.
[Bah, solo es un golpe, ella sabe bien cuánto gana por eso.]
Apagó la televisión y salió al jardín.
Hacía buen tiempo y había sol.
Ella se sentó en su mecedora y cerró los ojos para descansar.
Ana le trajo una manta para cubrirla.
Después de dormitar un rato, abrió los ojos y le pidió a Ana que tomaran té juntas.
La señora Elena venía de una familia de alcurnia; incluso en su vejez mantenía su distinción y vivía una vida envidiable.
Sus hijos y nietos eran exitosos y respetados en Cruz del Sur.
Sin embargo, no era arrogante; era una mujer amable y cercana. Trataba a las empleadas domésticas y a los chóferes con cordialidad.
A menudo invitaba a las empleadas a platicar o a jugar cartas.
Ana era menor que la señora Elena, aunque ya rondaba los cincuenta y tantos.
Había trabajado para la familia Aguilar la mayor parte de su vida.
Sabía lo que preocupaba a la señora Elena e intentó consolarla.
—Déjalo estar —dijo la señora Elena—. Los hijos tienen su propio destino, ya se las arreglarán.

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