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Tus Besos Me Supieron a Traición romance Capítulo 10

En el salón de clases.

Como era su primer día, Estefanía comenzó con una breve presentación y luego pasó lista.

Cuando llamó a Fabio, nadie respondió.

Fabio estaba sentado como un pequeño príncipe rebelde, recostado en su silla con las piernas cruzadas y los brazos sobre el pecho, mirándola fijamente.

Su compañero de banco le dio un codazo y le susurró: —Fabio, la maestra te llamó.

Fabio lo fulminó con la mirada. —No estoy sordo.

—¿Entonces por qué no dijiste presente?

—No me dio la gana, ¿y qué te importa a ti?

Frente al pequeño tirano de la escuela, el compañero no se atrevió a decir una palabra más y se encogió en su asiento.

Estefanía ni siquiera volteó a verlo; solo miró la lista de asistencia.

—¿Fabio no es de nuestro salón? Si no está, tacharé su nombre y no podrá participar en las Olimpiadas Académicas el próximo mes. Le cederé el lugar a alguien más.

Al escuchar eso, Fabio no pudo seguir en su papel.

Era cierto que era un rebelde, pero su pasión por las matemáticas era igual de real.

Quería ganar ese campeonato justamente para presumirle el trofeo a esa mujer.

Para hacer que se arrepintiera de no quererlo.

Así que respondió, sin ninguna cortesía: —¿Acaso no ves que estoy aquí?

A pesar de la insolencia, Estefanía no se enojó.

Lo miró con total calma. —¿Eres Fabio? Si es así, contesta "presente". De lo contrario, marcaré en la lista que no asistió.

Su voz era suave, pero cargada de autoridad.

Obligó a Fabio a enderezarse instintivamente en la silla.

Al volver a escuchar su nombre, contestó un presente muy a regañadientes.

Estefanía lo miró de reojo sin dejar asomar ni una pizca de emoción.

Y asintió brevemente, como hizo con todos los demás alumnos, dando por entendido que ya lo conocía.

Ser ignorado así por su propia madre biológica lo sacó de sus casillas.

Fulminó a Estefanía con la mirada; tenía una rabia contenida pero no sabía con quién desquitarse.

Pero era verdaderamente brillante; de lo contrario, no habría sido seleccionado para ese grupo avanzado.

Estefanía, que había crecido en un orfanato, no pudo evitar sentir mucha compasión por aquel niño que se forjaba en la adversidad.

Rápidamente buscó su botiquín, se acercó a él y se agachó a su lado. —Tengo una curita, déjame ponértela. Ten cuidado de no mojarla.

Le limpió la herida con muchísima delicadeza y le colocó una curita con dibujos infantiles.

El niño sonrió encantado, achinando los ojos al mirarla. —Muchas gracias, maestra.

—De nada. Ahora sí, empecemos la clase.

Ver aquella interacción llenó de rabia a Fabio, quien apretó sus pequeños puños mientras murmuraba para sí mismo: No se preocupa por su propio hijo, pero sí por los demás. ¿Qué clase de madre es esa?

Miraba a Estefanía, luego a Héctor recibiendo aquel trato tan especial, y los celos lo estaban volviendo completamente loco.

El tiempo pasó volando y llegó la hora de la salida.

Cuando Estefanía organizaba la fila, se dio cuenta de que faltaba un alumno.

Preguntó de inmediato: —¿Dónde está Héctor?

Alguien levantó la mano y contestó: —Maestra, durante la clase de educación física, Héctor fue con Fabio al cuarto de los balones, y no volvió a salir.

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