Damián también la vio. Se detuvo un segundo y, desde unos metros de distancia, le dio un leve asentimiento a modo de saludo.
Ofelia lo dudó un instante, pero terminó acercándose:
—Damián, qué coincidencia. ¿Te gustaría... que comiéramos juntos?
La mirada de Damián, detrás de sus lentes, se posó en su rostro por un segundo. Parecía un poco sorprendido por la invitación, pero no se negó y soltó una sola palabra:
—Bueno.
Fueron al restaurante más cercano, un lugar de comida tradicional bastante elegante y tranquilo.
Se sentaron y pidieron la comida. El silencio entre los dos se volvió algo denso.
Damián nunca había sido de los que iniciaban conversaciones, y Ofelia tampoco sabía muy bien de qué hablar.
Finalmente, fue Damián quien rompió el hielo. Su voz era tan plana y seria como siempre:
—Ya leí el reporte que me mandaste.
Ofelia no esperaba que mencionara eso y levantó la vista, sorprendida.
—Está bien escrito.
Damián hizo una pausa y luego agregó algo más, lo cual, viniendo de él, era el equivalente a un aplauso de pie:
—El diagnóstico es claro y los detalles son precisos.
Al escuchar ese tono tan familiar, Ofelia se quedó pasmada por un segundo, sintiendo que había retrocedido a sus años de estudiante de medicina.
En ese entonces, Damián también era así.
La miraba de reojo después de terminar una práctica o un informe, le sacaba mil defectos y, al final, soltaba un seco "pasable" o "esta vez no nos dejaste en ridículo".
—Gracias, Damián.
Ofelia sonrió, sintiendo una repentina calidez en el pecho por la nostalgia.
—Me hizo acordarme de cuando estudiábamos. Siempre me obligabas a leer y a tomar notas. La verdad es que antes me dabas un poco de miedo.
Damián detuvo su taza de té a medio camino, la miró de reojo, pero no dijo nada.
Los platos comenzaron a llegar.
Después de probar un par de bocados, Damián soltó los cubiertos de golpe y lanzó una pregunta que tomó a Ofelia por sorpresa:
—¿Te arrepientes?
Ofelia dejó el tenedor en el aire, sin procesar la pregunta:
—...¿De qué?
—De haberte casado con Adrián Caballero.
La voz de Damián no tuvo ni la más mínima inflexión.

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