—Sofía, Adrián está ahogado en alcohol. Creo que sería mejor llevarlo a la mansión de su familia, no vaya a pasarle algo malo.
Thiago miró a Adrián, que estaba desparramado como un bulto en el asiento, y se frotó la cabeza.
Desde que se conocían, era la primera vez que veía a Adrián perder el control de esa manera.
La última vez que hablaron, Adrián le había dejado muy claro que no se metiera en su relación con Sofía. Si despertaba y veía que...
—¿Qué le va a pasar en mi casa? Thiago, ¿tú también crees que soy una carga y no quieres que los estorbe?
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas y su voz sonó quebrada y lastimera.
Thiago, presa de la culpa, sacudió las manos de inmediato.
—¡No, Sofía! ¡No pienses eso, no lo dije con esa intención! Bueno... entonces ayudémoslo a subir a tu cuarto para que descanse.
—Sí.
Sofía se limpió las lágrimas de cocodrilo y, entre los dos, lograron meter a Adrián a la habitación.
—Thiago, iba a prepararle un té para que se le baje la borrachera, pero me quedé sin miel. ¿Podrías ir a comprarme un poco? Yo me quedo aquí cuidándolo.
Thiago asintió, sin sospechar absolutamente nada de sus verdaderas intenciones.
Una vez a solas, Sofía observó a Adrián dormido. Una sonrisa de obsesión enfermiza apareció en su rostro.
Se sentó lentamente a la orilla de la cama y extendió la mano para acariciar el rostro perfecto de aquel hombre por el que tantas mujeres suspiraban.
—Adrián... ¿de verdad no sientes nada por mí?
Pero apenas terminó la frase, Adrián le agarró la mano con una fuerza brutal. Con el ceño fruncido, apretó esa misma mano contra su propia mejilla.
—Feli... ya no te enojes... vuelve a casa...
—Feli...
Mientras balbuceaba el nombre de Ofelia, su voz sonaba empapada en ternura, pero sobre todo, en una súplica desesperada.
El rostro de Sofía se desfiguró por el odio. Jaló su mano con brusquedad, mientras sus ojos ardían de celos venenosos.
¡Otra vez Ofelia! ¡¿Qué tenía esa estúpida?!
Si no hubiera sido por ella, ¡el título de Señora Caballero habría sido suyo!

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