A pesar de que Leo ya no estaba en este mundo, él quería llevar a cabo su última voluntad.
—Entonces, será un placer facilitarle las cosas —Simón Montero firmó el documento sin más preámbulos.
En realidad, ese terreno no era vital para su familia, y era mucho más conveniente aprovechar la oportunidad para que la familia Caballero les debiera un favor.
El joven a su lado suspiró aliviado al ver que la tensión en la habitación se disipaba y comentó con una sonrisa: —El Señor Caballero es un hombre muy leal, veo que está hecho de la misma pasta que nuestro amigo Simón.
—¿Ah, sí? —Adrián esbozó una ligera sonrisa.
El joven le dio un codazo a Simón y bromeó:
—¡Claro que sí! Justo hoy me enteré de que le echó el ojo a una chica y que ni siquiera piensa usar su posición y dinero para acercarse a ella. A ver, para personas como nosotros, ¿acaso hay alguna mujer inalcanzable? ¿Hace falta complicarse tanto la vida?
—Es cierto, hay todo tipo de mujeres en el mundo.
Adrián no estaba seguro de si esa frase la decía para los demás o para intentar convencerse a sí mismo.
—¡Ves! Te apuesto lo que quieras a que el Señor Caballero opina igual que yo. Te digo, olvídate de si está casada o no, primero ríbatela y luego averiguamos. ¿No cree, Señor Caballero?
Adrián no respondió, se limitó a encogerse de hombros.
No le interesaban las mujeres casadas y, mucho menos, opinar sobre un tema tan trivial.
Simón tampoco dijo nada, pero su silencio pareció confirmar las insinuaciones de su amigo.
—Señor Caballero, ¿por qué no le da un par de consejos a Simón? Si logra conquistarla, hasta podríamos reducir un poco el porcentaje de esos dividendos.
La relación entre Adrián y Sofía no era un secreto entre la élite.
Sin embargo, las bromas de tan mal gusto del joven comenzaron a fastidiar a Adrián.
Simón agitó la mano. —Basta, no necesito que nadie me ayude a conquistar a nadie.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Un Adiós y Un Arrepentimiento a 30,000 Pies de Altura