Ofelia sabía muy bien que lo tenía merecido.
Y estaba completamente dispuesta a asumir el precio de sus errores.
Al ver a Ofelia con la cabeza agachada, tan frágil e inofensiva, Elías Montes sacó un expediente y lo tiró sin cuidado sobre la mesa frente a ella.
—Termina con éxito esta cirugía, o ni te molestes en volver a llamarte mi discípula.
Ofelia tomó el documento y lo ojeó con rapidez. A medida que leía, su ceño se fruncía cada vez más.
Se trataba de un caso extremadamente atípico de cardiopatía congénita, que además venía con fallas en múltiples órganos.
La paciente era una niña de apenas siete años. El riesgo de la intervención quirúrgica era astronómico, con una tasa de supervivencia por debajo del treinta por ciento.
—Maestro, esto...
Ofelia no entendía del todo adónde quería llegar.
—Esta es tu prueba de fuego —dijo Elías sin andarse con rodeos—. Si logras sacarla adelante, te aceptaré de nuevo bajo mi tutela.
Ofelia lo miró estupefacta, perdiendo un poco de la compostura que siempre la caracterizaba: —Pero Maestro, hace muchísimo tiempo que no participo en una intervención de esta magnitud, yo...
—Es una condición inamovible. Es tu única oportunidad. Claro que tienes la opción de rechazarla, pero entonces ni te molestes en empacar tus cosas para la Quinta.
El Maestro se mostró tan inflexible como de costumbre.
Ofelia apretó las páginas del expediente; sentía que el peso de esos papeles era insoportable.
Sabía que se enfrentaba a un reto titánico.
—¿Para cuándo está programada la cirugía? —se escuchó preguntar a sí misma.
—En dos semanas, en el Hospital Principal de la Capital.
Elías añadió: —La familia de la niña ya autorizó la intervención, pero están desesperados por encontrar a un cirujano jefe. Si aceptas el reto, yo seré quien te recomiende personalmente.
Ofelia sintió que la cabeza le daba vueltas.
Tener solo dos semanas para prepararse para una operación de tal complejidad era casi un suicidio profesional.
—Voy a necesitar su historial médico completo y cada uno de los resultados de laboratorio —dijo ella, recuperando la frialdad médica—. También quiero tener reuniones con los doctores que han manejado casos similares.
Un destello fugaz de orgullo apareció en los ojos de Elías Montes. —Toda esa información está en esa carpeta. Además, ya me comuniqué con un par de especialistas a nivel internacional que están dispuestos a brindarte asesoría remota.
Ofelia tomó una respiración profunda y su voz sonó firme y contundente: —En ese caso, acepto el reto.

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