Tal vez fue la sola mención de su difunto padre lo que hizo que Adrián palideciera de forma alarmante; muy despacio, aflojó su agarre sobre Sofía y dio un paso atrás.
Los murmullos estallaron por todo el pasillo. Nadie daba crédito a que la verdadera Señora Caballero estuviera parada entre ellos. La curiosidad carcomía a todos por saber quién era la pobre desafortunada que cargaba con esa cruz.
—Abuela, esto no es lo que usted se imagina. Ya le expliqué que este bebé...
—¡A mí qué me importa el bebé! ¿Me vas a decir que la fortuna que le entregamos a la familia de Leonardo en agradecimiento no fue suficiente? Aun si quisieras velar por el futuro de su viuda y su hijo, ¡esta no es la maldita forma de hacerlo! Piensa en cómo acabó tu madre por culpa de esa clase de bajezas. ¿Acaso quieres que tu propia esposa sufra ese mismo infierno?
Ofelia había escuchado fragmentos de esa historia a lo largo de los años. Según decían, la madre de Adrián, la señora Isabel Caballero, solía ser una mujer sofisticada y de modales intachables, nada que ver con la mujer déspota y amargada que era hoy.
Todo se había torcido el día que el padre de Adrián metió a otra mujer en su vida.
Fue poco después de que Isabel diera a luz a Adrián. Si ella no hubiera tenido una voluntad de hierro y si los abuelos paternos no le hubieran cerrado las puertas en la cara a la amante, lo más seguro es que hoy la rompehogares sería la dueña absoluta de la familia.
El padre de Adrián murió por una enfermedad poco tiempo después, y la amante ni siquiera le dio un hijo a la familia.
Pero desde entonces, la señora Isabel se transformó en una persona completamente distinta.
—Abuela... discúlpeme. Reconozco que las cosas se salieron de control y no lo manejé como debía.
Adrián agachó la cabeza, y por un momento pareció que de verdad reflexionaba sobre el desastre que había causado.
Sofía estaba blanca como una hoja de papel, recordando las repetidas y severas advertencias que Doña Esmeralda le había lanzado en el pasado.
—Señorita Varela —espetó la abuela—. Creo haberle dejado muy claro en numerosas ocasiones cuál era su lugar. Incluso envié a Amelia para que la cuidara y vigilara hasta el día de su parto. Tengo que admitir que es usted muy escurridiza para burlar su vigilancia y venir a restregarse en las narices de mi nieto.

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