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Un Adiós y Un Arrepentimiento a 30,000 Pies de Altura romance Capítulo 160

Los largos y elegantes dedos de Adrián tamborileaban suavemente sobre el escritorio de cristal.

—Y en sus años universitarios... ¿cómo era ella?

Hugo rebuscó en sus recuerdos, tratando de evocar lo que Natalia le había contado.

—Según Natalia, Ofelia era una persona extremadamente reservada, pero su nivel de disciplina era sobrehumano. Podía pasarse días enteros encerrada en la biblioteca sin asomar la nariz. Tenía una habilidad manual impresionante; siempre obtenía la nota perfecta en las prácticas de anatomía y disección. Todos los profesores decían que tenía el pulso de acero y una mente fría, que había nacido para salvar vidas en un quirófano.

—Todo eso... —murmuró Adrián, con la mirada perdida—. Jamás supe nada de todo eso.

Hugo apretó los labios y, con un tono más sombrío, le soltó una dosis de realidad cruda:

—Adrián, hablándote como amigo... para gente como tú y como yo, el matrimonio no es más que una simple transacción de intereses. Fuera de los contratos, nadie sabe qué es real y qué es mentira.

—Saber o no saber esos detalles sobre ella no hace ninguna diferencia en la situación en la que ustedes están ahora.

Las palabras de Hugo eran frías y cortantes, pero eran la pura verdad.

A estas alturas de sus vidas, ponerse a llorar por romance y corazones rotos resultaba casi patético.

—¿Y tú qué sientes por Natalia? ¿Amor o simple interés financiero?

Hugo no dudó ni un milísegundo: —Interés y sexo.

Su relación había comenzado de esa forma, directa y sin adornos sentimentales.

Y esa fue precisamente la razón por la que él había elegido a Natalia.

Lo que nunca calculó fue que el karma le pasaría factura tan pronto y con tanta brutalidad.

—Si realmente quieres salvar tu relación con Ofelia, aún estás a tiempo. Al fin y al cabo, no han firmado el divorcio oficial en el Registro Civil.

—Pero ella ya no me ama. —La mirada de Adrián se hundió en una tristeza infinita—. Hugo... me dijo viéndome a los ojos que ya no me amaba.

Hugo abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra de consuelo parecía suficiente.

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