—Muchas gracias —respondió Amelia con cortesía, sintiéndose un poco cohibida.
—Es simplemente mi trabajo —dijo Miles con una sonrisa mientras abría la puerta principal—. Señor Everett, señorita Harlow, hace frío afuera. Por favor, entren.
Mason empujó la silla de ruedas y la guio hacia el interior de la casa. El diseño interior destilaba un lujo discreto, con tonos cálidos que envolvían cada rincón, y el mobiliario mostraba un gusto refinado. La primera planta era muy abierta y, para facilitar su movilidad, casi no había escalones ni umbrales.
Tras conducirla a un dormitorio al final del pasillo del primer piso, Mason habló:
—Debido a tu pierna, moverte resulta complicado, así que te quedarás en la primera planta por ahora. Mi habitación está justo al lado; si necesitas cualquier cosa, puedes llamarme en cualquier momento.
La forma en que hablaba, como si planeara residir allí a largo plazo, hizo que el corazón de Amelia se oprimiera de nuevo. Por puro instinto, intentó cambiar de tema para romper aquella atmósfera de excesiva intimidad.
—¿Qué hay de Hayden? —preguntó ella levantando la vista—. ¿No se sentirá solo si se queda en casa sin compañía?
Mason arqueó una ceja con aire pensativo.
—¿Estás sugiriendo que lo traigamos aquí también?
Bajo las luces cálidas de la habitación, su mirada parecía especialmente intensa. Ese contacto visual directo provocó en Amelia una extraña ilusión, como si realmente fueran una pareja unida a punto de comenzar una vida en común. Su corazón comenzó a acelerarse y se apresuró a negarlo.
—¡No, no me refería a eso!
Al notar lo nerviosa que estaba, un destello de diversión cruzó los ojos de Mason. Parecía complacido con su reacción y dejó de bromear. Explicó con seriedad:

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