Mason se sentó en el sillón como le pidió, extendiéndole el brazo lastimado. Amelia respiró profundo y se arrodilló en la alfombra. Esta postura la dejaba justo a la altura adecuada para ver la herida sin tener que alzar el cuello y encontrarse de frente con su atractivo rostro... o con algo más.
Estiró la mano con mucho cuidado, empezando a quitar la gasa que se había humedecido. Las yemas de sus dedos rozaron sin querer la piel cálida y firme de su brazo. El toque se sintió como una corriente eléctrica, mandándole un escalofrío por la espalda y dejándole un cosquilleo en el pecho. Su brazo era fuerte, con cada músculo marcado aun estando relajado, transmitiendo una fuerza contenida que podía salir en cualquier momento.
Los movimientos de Amelia se fueron haciendo más lentos y torpes. Capa por capa, la gasa fue saliendo, dejando ver una herida que ya no sangraba, pero seguía roja e hinchada. Mojó un algodón en desinfectante y le limpió la piel de alrededor con mucho cuidado. La habitación estaba tan silenciosa que solo se escuchaba el ritmo suave de sus respiraciones.
Mason no decía nada, con su mirada fija e intensa en la parte alta de la cabeza de ella, donde el cabello le rozaba la frente. Le veía los labios apretados por la concentración y, aunque torpe, su seriedad era la misma que la de él.
—¿Nunca... habías curado una herida antes? —Su voz por fin rompió el silencio, baja y profunda, resonando con claridad en la habitación.
Amelia se quedó quieta un momento, lo miró y rápido bajó la mirada, sacudiendo la cabeza.
—No —dijo en voz baja, un poco cohibida—. Antes, si Ethan se llegaba a lastimar, él solo se arreglaba las cortadas pequeñas. Para algo peor, la gente de la casa o el mayordomo se encargaban de él.
Agarró un rollo de gasa limpio y empezó a envolvérselo en el brazo con torpeza. Se movía de forma tan graciosa que tuvo que aguantar una leve risa de sí misma. Luego, se acordó de algo, sonriendo por el recuerdo.
—Hubo una vez, eso sí... se lastimó la rodilla bastante feo y estuvo cojeando por días. De hecho, yo le ayudé a cuidársela esa vez.
En ese entonces, se había sentido muy feliz. Pensaba que por fin estaba actuando como una verdadera pareja, cuidándolo de una forma en que él la dejaría entrar un poco en su vida. Recordándolo bien, esos pocos días fueron quizá los únicos momentos en sus seis años de matrimonio que se sintieron de verdad tiernos.
Mason observó el cambio en su expresión en silencio, sin decir nada.
Amelia amarró el final de la gasa con un nudo medio flojo, terminando su trabajo. Levantó la cabeza para encontrarse con su mirada atenta y, a propósito, le soltó un comentario de burla, queriendo verse tranquila:

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