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Un Matrimonio Sin Contacto, Una Despedida Sin Lágrimas romance Capítulo 347

Aunque aún la separaba un buen tramo de escaleras de la cabaña, tener la meta a la vista bastó para inyectarle una descarga de energía y exprimirle el último aliento. Amelia giró sobre sus talones y emprendió el camino hacia el café, colmada de entusiasmo. Sus pasos eran ágiles y resueltos, nada que ver con el estado lamentable en el que se encontraba momentos antes.

Avanzó unos cuantos metros y, aún con cierta inquietud, miró hacia atrás para cerciorarse. Mason seguía inmóvil en el mismo sitio. Su figura alta proyectaba una sombra alargada bajo la luz del ocaso, como si la despidiera con la mirada. Aquella imagen la tranquilizó por completo. Lo saludó agitando la mano con efusividad.

La cabaña de troncos se asentaba justo en una curva del sendero, presumiendo de una vista formidable. Cuando Amelia se plantó al fin frente a la vieja puerta de madera, una extraña sensación de triunfo la invadió. Se apoyó en el marco de la entrada, jadeando un poco, convencida con orgullo de que esto resultaba mil veces más gratificante que coronar la cima. En cuanto cruzó el umbral, una ráfaga de aire templado la envolvió, espantando el frío que traía pegado al cuerpo.

«¡Qué delicia!».

Cerró los ojos entregada al alivio. Estaba a punto de buscar un rincón junto a la ventana para entregarse al bendito arte de no hacer nada, cuando al girar el cuerpo la sonrisa se le congeló de golpe. Una silueta conocida cruzaba la puerta tras ella con paso pausado y tranquilo: Mason.

Amelia se quedó muda, con los labios entreabiertos, mirándolo como si viera una aparición.

—T-tú... ¿Qué haces aquí? ¿No ibas a seguir subiendo?

Mason no contestó de inmediato. Paseó la mirada por el local hasta fijarla en un sillón junto al ventanal. Daba hacia las cumbres nevadas y el lago congelado a la distancia; la panorámica era inmejorable. Caminó hacia el sitio y se acomodó, para luego clavar los ojos en ella, que seguía parada como estatua. Se recostó con indolencia en el respaldo; un destello burlón asomó en sus ojos al soltar con total desenfado:

—Tampoco es obligatorio llegar a la cima de cada montaña.

Amelia permaneció junto a la entrada, mirando a ese hombre que ya se había puesto cómodo, sin saber muy bien cómo reaccionar.

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