—¿Calientito? —Lily no se tragó aquella respuesta tan diplomática. Se puso a escanearle el cuello y las clavículas descubiertas como maestra revisando una tarea escolar. Tras una minuciosa inspección sin hallar rastro sospechoso, bajó la voz y soltó con incredulidad—: No me digas, Amelia... ¿Me estás diciendo que de verdad solo durmieron como angelitos anoche?
A Amelia le tomó unos segundos procesar el doble sentido. Cuando al fin lo captó, el rostro se le tiñó de rojo carmesí y soltó sin pensar:
—¿Pues qué otra cosa íbamos a hacer? ¿Acaso ustedes dos... no durmieron como angelitos?
Apenas las palabras escaparon de su boca, deseó morderse la lengua. Lily, lejos de ruborizarse, asintió como si fuera lo más normal del mundo:
—Pues claro que no. Estamos casados ante la ley. Es lo habitual, ¿no crees?
La desenvoltura de Lily no hizo más que aumentar el bochorno de Amelia, que habría dado lo que fuera por tragarse la pregunta y retroceder el tiempo. Tomó un par de bocados grandes de avena para taparse la boca y murmuró intentando defender la situación:
—Apenas estamos empezando a salir. No le busques tres pies al gato.
Durante el resto del desayuno, Amelia mantuvo la cabeza gacha fingiendo concentrarse en la comida, aunque no podía evitar pescar fragmentos de la charla entre los dos hombres ni esquivar las miradas socarronas que Lily le lanzaba de tanto en tanto.
Al terminar, levantaron la mesa con prisa para dar inicio al recorrido en auto alrededor del lago según lo planeado.
—Mason, ¿quieres tomar el volante en este primer turno? —preguntó Tim, lanzándole las llaves.
Mason alzó la mano y las atrapó en el aire, pero no se dirigió de inmediato al asiento del conductor. Se frotó el entrecejo con gesto fatigado; el cansancio era tan evidente que su voz sonó más ronca y profunda de lo normal:
—Maneja tú. No pasé buena noche.
Aquello captó la atención de Lily en un parpadeo. Se apoyó en el hombro de Tim y miró a Mason con una sonrisa de oreja a oreja:

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