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Un Matrimonio Sin Contacto, Una Despedida Sin Lágrimas romance Capítulo 359

La mano ancha de Mason se posó con delicadeza sobre la coronilla de su cabeza y le dio unas palmaditas suaves.

—De acuerdo, tú ganas —soltó él con una risa contenida en medio de la penumbra—. Así que pórtate bien mientras dormimos esta noche.

Apenas terminó de hablar, el colchón volvió a ceder cuando él se recostó por completo. Antes de que ella pudiera retirar los brazos de su cintura, un brazo de él la rodeó despacio por la espalda y la atrajo contra su pecho en un abrazo puramente protector.

Pero... ¿de verdad eso era todo?

Envuelta entre sus brazos, Amelia estaba rodeada de su aroma familiar; aun así, su corazón se sentía inquieto. ¿Mason en serio no pensaba hacer nada esta noche? Aquello no se parecía en nada a la escena que había imaginado.

Sus pensamientos comenzaron a correr sin freno: ¿acaso era porque su relación aún no llegaba a ese punto, o él era la clase de hombre chapado a la antigua que creía que, sin cumplir ciertos pasos formales, nada debía cruzar la raya? ¿O tal vez, en el fondo, no la deseaba con tantas ganas?

En el instante en que esa idea cruzó por su mente, todas las alarmas se encendieron. No. Tenía que comprobarlo por sí misma.

Una chispa de picardía, mezclada con una intensa curiosidad, brotó en silencio dentro de su pecho. Se acomodó fingiendo que era un movimiento involuntario y deslizó con cautela un dedo bajo el dobladillo de la playera de él.

Al rozar su piel cálida y firme, el corazón le dio un brinco. No se detuvo; en cambio, se armó de valor y fue subiendo despacio por el relieve de sus músculos. Uno... dos... tres... Sentía con total claridad los contornos marcados de su abdomen: sólidos, firmes y cargados de fuerza.

Casi al instante en que sus dedos comenzaron a recorrerlo, la respiración de Mason se alteró. El compás pausado se quebró, volviéndose hondo y contenido. Le atrapó la mano inquieta sobre su vientre y su voz sonó como una advertencia:

—Amelia, ¿no te acabo de decir que te estés quieta?

Hablaba en un tono tan bajo que, en medio de la oscuridad, resultaba peligrosamente seductor. La pequeña sed de revancha de Amelia quedó satisfecha y se defendió con descaro:

—Si me estoy portando bien; solo estaba poniendo a prueba tu autocontrol.

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