Amelia anduvo distraída todo el recorrido. Su mirada solía pasar de largo de las artesanías para perderse en la nada mientras en su cabeza se repetían las escenas de las dos últimas noches: sus brazos firmes, la forma inconsciente en que la atraía hacia él entre sueños... Todo resultaba íntimo y espontáneo, pero faltaba algo crucial: ese impulso visceral propio de una pareja que se desea.
—Amelia, ¿en qué estás pensando? —La voz de Lily la arrancó de sus cavilaciones.
Amelia parpadeó y vio a Lily sosteniendo un par de pendientes de turquesa frente a su cara.
—Mira nada más. ¿Te gustan? Siento que se te verían increíbles con ese vestido blanco de lana.
—Ah, sí... están bonitos —murmuró Amelia, forzando una sonrisa desganada.
Lily bajó los pendientes y la examinó con detenimiento al notar que algo andaba mal. Perdió la sonrisa juguetona, la tomó del brazo y la guio hacia un rincón apartado de la banqueta.
—Llevas ida desde que amaneció. ¿Qué traes entre manos? ¿Tuviste bronca con Mason?
—No, para nada —negó Amelia de inmediato.
—¿Entonces? No me salgas con que no te pasa nada; tienes cara de estar cargando un secreto muy pesado.
Amelia se mordió el labio inferior, debatiéndose internamente. La duda que le carcomía el alma le daba demasiada vergüenza como para ponerla en palabras, pero si se la guardaba sentía que se volvería loca.
Tomó aire y al fin se animó:
—Lily, hay algo que necesito preguntarte.
—Suelta la sopa —la animó Lily, dándole unas palmaditas tranquilizadoras en el dorso de la mano—. Para eso somos amigas. Desembucha.

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