—¡E-es que me estaba congelando en el camino! —soltó Amelia a trompicones, presa de los nervios—. Hacía un viento tremendo en el aeropuerto y no venía lo bastante abrigada, así que Mason me prestó sus guantes.
La explicación sonaba bastante razonable en teoría, aunque la culpa se le notaba en cada gesto. Para darle credibilidad al asunto, se quitó los guantes como si quemaran y se los entregó a Mason casi a la fuerza:
—Toma, te los devuelvo.
Clavó los ojos en el suelo, demasiado apenada para sostenerle la mirada a nadie. Mason envolvió los guantes entre sus dedos; todavía conservaban el calor de la piel de ella. No los guardó de inmediato, sino que acarició el tejido con parsimonia antes de inclinarse apenas hacia ella para susurrarle con calma:
—Amelia, ¿acaso olvidaste lo que me aseguraste antes de volver a casa?
Ella se puso rígida. Por supuesto que lo recordaba a la perfección: la noche previa a su regreso, él le había preguntado si mantendría la misma valentía una vez pisando suelo conocido, a lo que ella respondió sin dudar que no tenía a qué temerle.
Pero jamás calculó que las cosas se precipitaran de esta manera, con Nora y Evan instalados en la casa esperándolos. Esto ya no era solo formalizar la relación en público: era encarar a la familia de golpe. ¿Y si desaprobaban la unión? Sobre todo, Nora, que siempre la había tratado como a una hija; si descubría que estaba saliendo con su segundo hijo, ¿no se sentiría traicionada? De solo pensarlo, el valor se le escurría entre los dedos.
Alzó la mirada con ojos suplicantes y un puchero involuntario:
—Claro que me acuerdo... Solo dame un poco de tiempo para asimilarlo. Esta noche voy a buscarte para explicarte todo con calma, ¿de acuerdo?
Las pupilas oscuras de Mason se estrecharon al pescar la promesa al vuelo; la molestia que le rondaba el pecho se disipó en un parpadeo. Una curva sutil asomó en sus labios. Así le gustaba más. Guardó al fin los guantes en el bolsillo de su abrigo, recuperó su habitual porte distante y la respaldó frente a los presentes con total naturalidad:
—Sí. Es justo como dice Amelia.
—Ya veo —soltó Nora con una sonrisa cómplice, paseando los ojos entre los dos.

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