Capítulo 1 —El arte de mentir
Narrador:
Roma tenía una forma extraña de hacer que todo pareciera sencillo. Las clases, las caminatas por calles antiguas, los cafés llenos de estudiantes discutiendo sobre política, arte o exámenes.
Para Alessia aquello era casi irreal. Porque por primera vez en su vida nadie sabía quién era. En la universidad era simplemente Alessia Rossi, una estudiante extranjera más. Nadie veía a la hija de Dominic Russo, nadie veía a la sobrina de Roman Adler, El Diablo. Y eso era exactamente lo que ella quería. Y por eso no usaba su verdadero apellido, sino uno lo suficientemente similar como para que, en caso de que la universidad la descubriera, solo tenía que fingir que era un error de tipeo.
—Te lo juro que me voy a morir, Ale.
Alessia ni siquiera levantó la vista del pesado libro de antropología. Lidia Bianchi acababa de dejarse caer en la silla de enfrente, rindiéndose contra la mesa de la biblioteca.
—Si vas a agonizar, hazlo en silencio. Intento concentrarme.
—No es gracioso —se quejó Lidia, levantando apenas la cabeza.
—Un poco sí —sonrió Alessia—. ¿Qué tragedia te acecha hoy?
Lidia suspiró, frotándose las sienes como si le pesara la vida entera.
—Mi padre organizó una cita a ciegas para mí esta noche.
—Eso no suena tan dramático. Una cena aburrida y a casa.
—El problema no es la cena, Alessia. El problema es que tengo novio, ¿recuerdas? Y mi padre quiere que salga con el hijo de un empresario pesado con el que está cerrando un acuerdo multimillonario. Y si no voy, me mata, literalmente.
Lidia empezó a deambular entre los estantes de libros con un nerviosismo eléctrico. Alessia la observó en silencio. Conocía esa mirada; la desesperación en las familias como la de Lidia era un terreno que ella dominaba a la perfección.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Alessia cuando su amiga se detuvo en seco frente a ella.
—Que vayas tú.
Alessia soltó una carcajada que hizo que el bibliotecario la mandara callar.
—Ni lo sueñes.
—Por favor, Ale. Solo tienes que sentarte, cenar, fingir que eres yo y decir que no te interesa. No me conoce, nunca me ha visto. Solo tienes que ser lo suficientemente desagradable para que no quiera volver a llamarme.
Alessia dudó. Su instinto le gritaba que se quedara en su burbuja de anonimato, que no jugara con fuego. Pero ver a Lidia al borde del colapso terminó por romper su resistencia. Cerró el libro con un golpe seco.
—Está bien. Pero si esto explota, seré yo quien te mate, literalmente.
Alessia se alisó la falda del vestido azul, que Lidia le había prestado, por tercera vez en cinco minutos. No lo hacía por nervios, sino por pura incomodidad. Odiaba los restaurantes caros, odiaba las citas a ciegas y, por encima de todo, odiaba el mundo de donde provenía la gente que frecuentaba estos lugares. .
Pero Lidia era su única amiga real en Roma, la única que la veía como una estudiante normal y no como una pieza de ajedrez en el tablero de una familia criminal. Y si el padre de Lidia quería obligarla a cenar con el heredero de la familia Macherano para cerrar un trato comercial, Alessia estaba más que dispuesta a sabotear esa noche.


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Comentarios
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