TANYA RHODES
Desperté con el corazón golpeándome el pecho, como si hubiera estado corriendo durante horas. Me tomó unos segundos darme cuenta de dónde estaba. La habitación era la misma de siempre: opresiva, húmeda, con las paredes manchadas de moho y el techo que crujía con cada ráfaga de viento.
Y entonces los vi. El motivo de mis pesadillas.
Esos malditos ojos.
Allí, en la parte rota de la puerta, donde la madera se había astillado hacía años y nadie se había molestado en reparar, porque no era conveniente, porque era un gasto innecesario, porque mi privacidad no era una prioridad, por el contrario, se había vuelto motivo de perversión.
Me observaban, fijos, brillando apenas con la luz del pasillo, como dos agujeros oscuros que se abrían hacia algo peor que el infierno.
Grité. Fue un grito ahogado, casi sin fuerza, más por reflejo que por esperanza. Me cubrí de inmediato con la colcha, como si ese pedazo de tela pudiera protegerme de él.
Había dejado de tenerle miedo al monstruo de debajo de la cama, pero ahora tenía miedo del monstruo del otro lado de mi puerta.
Volví a mirar. Bajando lentamente la colcha, con miedo.
Ya no estaban esos malditos ojos, pero el vacío que dejaron fue peor. Sentía su mirada aún clavada en mi piel. El miedo no se iba, nunca se iba. Y no era una ilusión. Sabía perfectamente de quién eran esos iris que brillaban en la noche como los de un animal.
Desde que tenía catorce años y mi madre me llevó a vivir con ese hombre, con su nuevo esposo, comencé a sentirlos. Me espiaba. Me acechaba. Me analizaba cuando pensaba que nadie lo veía, y entre más crecía, su insistencia también.
No dormía, no podía. Me pasaba las noches con los ojos abiertos, escuchando cualquier ruido, esperando que no se atreviera a entrar. A veces soñaba que lo hacía. Soñaba que se deslizaba en mi cama, que me arrancaba la voz, que me tocaba y tomaba de mí lo que por tanto tiempo había ambicionado sin que yo pudiera hacer algo para detenerlo, solo me quedaba llorar y esperar a que todo pasara.
Despertaba empapada en sudor y con el estómago revuelto, tanto que, a veces, terminaba en el baño vomitando, aunque no hubiera nada que sacar, pero lo peor no era el miedo. Era la certeza de que a nadie le importaba.
Mi madre… mi madre me miraba como si yo fuera el problema. Como si todo lo que ocurría fuera mi culpa. Me acusaba con los ojos. Me insultaba con el silencio. Y cuando hablaba… era aún peor.

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