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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1147

Sin embargo, en ese momento, Rafaela estaba realmente enfurecida y no escuchó toda la conversación. Al recordar la risa de él en el auto, se dio cuenta de que tenía un significado oculto; no había reído sin razón. Sentía como si ese patán de Liberto se estuviera riendo de su estupidez.

Rafaela apretó los dientes en secreto. Con razón él se mostró tan confiado y no le importó en absoluto todo lo que ella le dijo...

Pocos minutos después, una empleada trajo el inmenso letrero y lo colocó en la entrada.

—Señorita, tal como lo ordenó, hemos... sacado este letrero de la bodega.

Rafaela volvió en sí, le dio un vistazo distraído.

—Ponlo ahí, en un lugar bien visible. Si se lo lleva el viento, te descontaré cincuenta mil de tu bono de fin de año.

—Sí, señorita.

Rafaela siempre había tenido ese temperamento desde niña, provocando que grupos enteros de sirvientes renunciaran uno tras otro. Al final, Fernández Jara tuvo que ofrecer altos salarios para contratar nuevo personal, de lo contrario, no habrían logrado retener a nadie.

Cuando Fernández Jara regresó de la calle, con Patricio siguiéndolo detrás, lo primero que notó fue el cartel colocado en la puerta: "Prohibida la entrada a Liberto y a los perros". Las grandes letras llamaban poderosamente la atención.

—De verdad que pelean a cada rato, su relación apenas se había calmado hace un par de días —Fernández Jara negó con la cabeza con impotencia.

Rafaela regresó a su habitación en el piso superior y notó que allí también habían colocado su ramo de lavanda favorito. Mezclado con los aceites esenciales, todo el cuarto olía a lavanda. Al escuchar el agua de la ducha cayendo sobre el hombre en el baño, Rafaela tomó un libro de la mesita de noche y salió.

Cuando Liberto salió, vistiendo pijama y secándose el cabello aún húmedo, no vio a nadie en la habitación. Con la mirada ensombrecida, se dirigió hacia el estudio, abrió la puerta y tampoco encontró rastro de ella.

¿A dónde... se fue?

Liberto salió del cuarto y vio a una empleada que pasaba por allí. Al escuchar el ruido, la joven levantó la mirada, topándose con los ojos gélidos de Liberto, y dio un respingo por el susto.

—Joven Liberto.

—¿Dónde está Rafaela?

La empleada se quedó atónita.

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