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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 418

Ese apartamento lo había alquilado Penélope cerca de la universidad. El precio era muy bajo: por tres meses, sumando los gastos de agua y luz, apenas llegaba a cincuenta dólares. Durante ese tiempo, ella había ahorrado bastante; todo ese dinero lo había conseguido recortando gastos y privándose de cosas, solo para algún día poder devolverle a don Liberto todo lo que le debía.

Cuando Penélope regresó, ya eran las doce de la noche. Volvió al apartamento donde vivían ahora, pero nada más llegar, escuchó que su mamá estaba discutiendo con alguien en la puerta...

—¡A mí no me importa! ¡El agua de su apartamento ya se filtró hasta el mío! Ahora ustedes tienen que pagarme, ¿saben lo caro que son mis muebles? ¡Todo es de madera! Si se mojan, se arruinan, ¿y ahora cómo vamos a sentarnos?

—Y les advierto, si esta noche no me pagan, no se la van a pasar bien.

—¡Y otra cosa! ¿Saben que mi hijo va a entrar a uno de los mejores colegios? Pero ustedes no dejan de hacer ruido allá arriba, ¿cómo se supone que pueda hacer la tarea? ¡Todo el día ese escándalo! Y en la noche nadie puede dormir, así que también deben pagarme por el daño psicológico.

La vecina ni siquiera le daba oportunidad a Frida, la madre de Penélope, de explicarse. Solo exigía el dinero una y otra vez.

Luis, curioso por el lugar donde vivía Penélope, la había acompañado hasta un edificio viejo y descuidado. Por los alrededores se sentía un fuerte olor a cañería, y solo al subir las escaleras el ambiente mejoraba un poco. El pasillo estaba casi a oscuras, sin ninguna luz.

Penélope se sintió un poco avergonzada.

—Director... mejor regrese, ¿sí? Mi casa está arriba y... realmente no tengo cómo atenderlo.

Cada paso que daba Luis, sentía cómo temblaba el cemento bajo sus pies, y en las esquinas, la pintura blanca de las paredes se caía a pedazos.

—No creo que Liberto sea tan tacaño como para esto. Si de verdad le gustas, al menos podría comprarte un lugar decente para vivir —comentó Luis.

Penélope se apresuró a explicar:

—No es así, fui yo quien rechazó la ayuda de don Liberto. Él ya ha hecho bastante por mí, no puedo depender de él para todo. Cuando mi mamá estuvo en el hospital, él pagó todas las facturas médicas. Ahora solo quiero ahorrar y, cuando pueda, devolverle el dinero. No me gusta deberle nada a nadie.

—Penélope... ¿estás bien?

—¡¿Cómo se atreve a golpear a mi hija?! —Frida, muy alterada, de repente se llevó la mano al pecho y le costaba respirar.

Penélope, preocupada, intentó tranquilizarla:

—Mamá... ¿estás bien? El doctor dijo que recién saliste del hospital, no puedes alterarte. Estoy bien, entra a descansar, yo me encargo de esto.

Pero la vecina seguía insistiendo:

—A mí no me vengas con esos cuentos, ese truco no me sirve. Mi casa se inundó por culpa de ustedes. Si quieres llamar a la policía, hazlo, yo tengo la razón. Si hoy no me pagas, aquí no se acaba esto.

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