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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 455

Cuando regresaron a Bosques de Marfil, ya eran las once de la noche.

Liberto le cambió de nuevo el pijama a Rafaela, mientras él pasó la noche en vela, de pie frente a la ventana panorámica de la habitación, velando por ella toda la madrugada. El alcohol tenía un efecto adormecedor sobre el corazón y, con cualquier descuido, podía haber reacciones peligrosas. Él... temía que algo malo le pasara.

Rafaela se despertó sintiéndose incómoda, mirando el lujoso candelabro de cristal sobre su cabeza, tan familiar como extraño. Quiso incorporarse, pero se dio cuenta de que tenía las manos atadas al cabecero de la cama.

En el dormitorio, las sábanas estaban casi todas fuera de la cama, la mitad colgando en el suelo y el edredón, hacía rato, se había caído por completo.

Por un momento, Rafaela no supo cómo reaccionar, hasta que de pronto recordó algo.

“¡Liberto! ¡Eres un desgraciado, cómo te atreves a atarme!”

“¿Ya despertaste?”

“¿Qué demonios quieres hacer?” Rafaela no sabía cómo Liberto la había sacado de la familia Cruz, pero estaba segura de que Alonso jamás lo habría traicionado. Tenía claro que este bastardo de Liberto debió de utilizar algún truco sucio para obligarlo.

“¿Todavía sigues enojada conmigo?”

Rafaela soltó una risa fría y no contestó. Para ella, Liberto era un mentiroso de pies a cabeza.

Confiar en lo que salía de la boca de Liberto era como creer que el sol iba a salir por el oeste.

“¡Rafaela, esta vez no te estoy mintiendo! Yo...”

“¡Cállate! Suéltame de una vez. Padilla, ¿se te acabó el miedo o qué, que hasta te animas a atarme?”

¿Qué clase de artimaña habría usado este desgraciado para sacarla de la familia Cruz?

Alonso nunca lo habría dejado.

Cuando esa mano cálida rozó la cara de Rafaela, ella enseguida giró el rostro, apartándolo.

Sin pensarlo, Rafaela soltó todo lo que le venía a la cabeza:

“Liberto, eres un desgraciado sin corazón, ¡un malagradecido! ¡Eres una basura!”

“¡Liberto, eres un muerto en vida!”

“¿Por qué no te mueres de una vez?”

Todas esas palabras, tan hirientes como agujas, se le clavaron a Liberto en el corazón.

“Está bien. Si un día me odias tanto que quieres matarme, dejaré que seas tú quien acabe conmigo. Ese día... no me defenderé.”

Rafaela solo pudo reírse con sarcasmo al oírlo. “Matarte solo ensuciaría mis manos.”

Entonces, Liberto sacó de su bolsillo ese anillo que simbolizaba su identidad. Ignorando las palabras ofensivas, siguió hablando para sí mismo: “En Estados Unidos hay un lote de medicamentos para tratar enfermedades cardíacas que ya pasaron los ensayos clínicos, pero aún no están a la venta. Este lote... cuando iba a salir del país para ser inspeccionado en la aduana, tuvo problemas. La mayoría de los medicamentos se perdió en el mar...”

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