—La muerte de la Sra. Abril es realmente sospechosa. ¿Quieres que recopilemos todas las pruebas que hemos encontrado y se las entreguemos a la policía?
Liberto se volteó y le dijo: —Ve a preparar todo, pero no dejes que nadie se entere de esto.
—Sí, Sr. Liberto.
Después de que Joaquín se fue, Liberto se quedó solo.
Entonces... ¿por todo lo que Rafaela tuvo que pasar en aquellos años?
Liberto tomó su celular. Todo seguía tan silencioso como siempre, el registro de llamadas solo mostraba la de la noche anterior. Aunque ella todavía estaba en su lista de contactos, nunca le había mandado un solo mensaje. Ese número de pareja que alguna vez fue tan especial, Liberto lo había vuelto a comprar y restauró los mensajes que alguna vez compartieron.
Lo que antes le parecía insignificante y miraba con frialdad, ahora se le había convertido en una nostalgia dolorosa, una vida a la que quería regresar.
El último registro de mensajes era de hace dos años.
‘Amor, ¿cuándo vuelves a casa?’
‘Quiero que me traigas esas ciruelas secas de Paseo de la Fuente cuando salgas del trabajo.’
‘Liberto, tengo buenas noticias. Vas a ser papá otra vez...’
El tema de los hijos era algo que Liberto nunca pudo enfrentar. Su primer hijo llegó de forma inesperada. Ninguno de los dos, ni él ni Rafaela, estaban preparados. En ese entonces, él acababa de asumir la presidencia del Grupo Jara y ella estaba en pleno ascenso en sus estudios. Ninguno tenía tiempo ni cabeza para un bebé, así que decidieron interrumpir el embarazo.
El segundo...
Liberto intentaba entender sus propios sentimientos, pero en su pecho solo sentía un dolor profundo, como si estuviera huyendo de la verdad.
Ahora, era casi imposible que volvieran a tener un hijo propio.
De repente, Liberto soltó un puñetazo contra la ventana panorámica. En el instante en que levantó la mirada, sus ojos se volvieron completamente rojos de rabia y tristeza.
—Yo... Sra. Vanessa, ¿cómo es que estoy aquí? No... no recuerdo nada de lo que pasó anoche... —la miró completamente perdida, sobándose la cabeza por el dolor.
Vanessa negó con la cabeza, resignada, aunque en sus ojos se veía claramente el cariño que le tenía.
Se sentó al borde de la cama y le explicó: —Anoche te emborrachaste. Uno de tus compañeros me llamó para que viniera a llevarte a casa. Por suerte tenías amigos contigo, si hubieras estado sola, no habría estado tranquila.
Penélope se apresuró a decir: —Perdón, Sra. Vanessa, la próxima vez tendré más cuidado. De verdad... no vuelvo a beber, me duele demasiado la cabeza.
—Te preparé una sopa para la resaca, tómate un poco.
Penélope asintió. —Está bien.
Vanessa sonrió y le fue dando la sopa cucharada a cucharada.
Después de un par de tragos, Penélope sintió cómo su cuerpo se relajaba. Especialmente el estómago, que se le calentó de inmediato, y hasta el ánimo le mejoró bastante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...