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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 528

Rafaela fue llevada hasta la habitación y sentada al borde de la cama. Al notar su tobillo enrojecido, comenzó a masajearse esa zona con la palma de la mano. Liberto, al darse cuenta, se arrodilló frente a ella y empezó a masajearle el tobillo con cuidado. Sus pies, suaves y de piel clara, mostraban uñas perfectamente arregladas y redondeadas. La mano de Liberto cubría con facilidad todo su pie.

—Tú... Antes de entrar al Grupo Jara no tenías ni un centavo, ¿de qué vivías? —preguntó Rafaela con una sonrisa maliciosa—. Tienes las manos demasiado hábiles, ¿acaso... has hecho algún tipo de negocio especial? Al fin y al cabo, los hombres no tienen nada que perder la primera vez, ¿o sí? Quién sabe qué hacías antes...

Las manos de Liberto se detuvieron por un instante. Palabras así, que para la mayoría serían vergonzosas, salían de la boca de Rafaela con total descaro, muy acorde a su carácter y, de paso, lo rebajaban sin piedad. Liberto la miró con calma, sin mostrar emoción alguna en sus ojos.

—¿Quiere saber mi pasado, Sra. Padilla?

—No me llames Sra. Padilla —contestó Rafaela, burlona—. Aquí en Bosques de Marfil cada quien a lo suyo. Llámame “señorita”, ¿entendiste? Sucio.

Rafaela apartó su pie y lo apoyó en el hombro de Liberto, luego levantó el otro para rozarle la cara, provocativa, mientras lo miraba con una mezcla de burla y desafío en la mirada.

Desde que tenía seis años y la llevaron a Pueblo Dorado, Rafaela nunca aceptó la autoridad de nadie. Al crecer, su carácter indomable seguía intacto.

Para cualquier hombre, los gestos de Rafaela resultaban sumamente provocativos. Más aún para Liberto, que llevaba años sin tocar a una mujer. Si se dejaba llevar por el deseo, perdería el control fácilmente.

Al ver que Liberto se levantó de inmediato, Rafaela le puso un pie en el pecho y se apoyó en la cama, echándose un poco hacia atrás.

—Atrévete a tocarme, ¡a ver qué pasa!

Llevaba un vestido, y al levantar la pierna, mostraba sin pudor todo lo que debía y lo que no debía. Al notar el deseo en los ojos de Liberto, Rafaela murmuró:

—Tú...

Pero antes de que terminara la frase, Liberto ya se había quitado el saco y lo tiró a un rincón.

—...Veinte millones —susurró él, con la voz ronca y tensa, al borde de la desesperación.

Sin más palabras, Liberto desabrochó su cinturón...

Aun así, Liberto se preocupaba por el cuerpo de Rafaela, y no hizo movimientos bruscos. Para ella, todo era cuestión de que ambos saciaban una necesidad, y si alguien estaba dispuesto a pagar veinte millones, ella no tenía problema en aceptarlo.

Rafaela frunció ligeramente el ceño, sin imaginar que esos movimientos, ni demasiado rápidos ni demasiado lentos, la hacían desear aún más...

Sintió que, a pesar de todo, seguía saliendo perdiendo.

Después de todo, había topado en algunas fiestas con modelos internacionales cuyos maridos les regalaban yates de cumpleaños, y esos regalos valían al menos cuatrocientos sesenta millones de dólares...

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