—¿Está muy caliente?
Al ver lo que hacía, Rafaela arqueó una ceja con sorpresa.
—¿Qué te tomaste hoy? ¿Te equivocaste de pastilla?
El Liberto de su vida pasada ni de chiste le hubiera lavado los pies como ahora. Cuando ella estaba mal y él la llevaba al límite de la locura, él siempre se daba la vuelta en silencio y se iba, sin siquiera darle una mirada.
Nunca la trataría así de bien.
El agua tibia le cubrió los tobillos. Él le echó agua sobre el empeine; la temperatura era perfecta, ni muy caliente ni fría, y el cuerpo helado de Rafaela sintió un alivio inmediato.
—Hay cosas que uno hace porque quiere, igual que la señora Padilla. Si quería venir a Francia, podía aparecer sin importarle nada. Tratar bien a la señora Padilla es mi deber. ¿O es que... no te gusta que lo haga? —Su tono era humilde, casi suplicante, pero sus acciones pusieron a Rafaela en guardia. Cuando alguien actúa de forma tan extraña, siempre hay un motivo detrás.
Rafaela tomó su celular con indiferencia. Tenía varios mensajes de Alonso Cruz que había olvidado contestar.
Solo le lanzó una mirada, y justo chocaron sus ojos. Rafaela contestó el mensaje de Alonso y dejó el celular.
—¡Pero antes no me tratabas bien!
—¿No te das cuenta, Liberto?
—Estas cosas solo las haces cuando te gusto. Cuando no te gusto, solo me evitas y eres capaz de decir las cosas más hirientes. En tu corazón no soy nada. No hace falta que digas todo eso para arreglar las cosas, no es necesario.
—Con que te ocupes de tus asuntos es suficiente.
A los ojos de Rafaela, por mucho que Liberto hiciera ahora, nada borraría lo que le hizo ni las palabras que le dijo.
Liberto le había dicho que ella no era como Penélope, que no se comparaba con ella... En ese momento, a Rafaela le dolió en el alma. Le dolió de verdad. En ninguna de las dos vidas le había hecho daño a esa mujer, pero él tuvo que decir esas cosas para romperle el corazón.
Rafaela realmente lo amaba, se había enamorado de él, no podía negarlo... sí lo amaba.
Que ella dijera esas cosas con tanta ligereza, como si nada le importara, era para Liberto como un cuchillo de doble filo que regresaba a él. Lo que él le hizo antes, ahora ella se lo hacía a él.
Era justo. Y se arrepentía...
—Está bien, déjalo ahí —respondió Rafaela.
—Entendido, señora —dijo Mauricio.
Antes de irse, Mauricio no pudo evitar comentar con preocupación:
—Joven amo, su mano aún no sana, no debería mojarla.
A Liberto le importó poco su herida.
—Salte.
—Sí, señor.
Liberto se secó las manos con otra toalla limpia y levantó a Rafaela en brazos. Pero al segundo siguiente, ella frunció el ceño.
—Estás sucio, guácala.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...