—Supongo que si la joven señora no encuentra a quien busca, regresará por su cuenta. Joven amo, tal vez... debería darle un poco más de tiempo.
Los ojos de Liberto se tiñeron de oscuridad. Accionó el encendedor metálico y una llama rojiazul brotó, prendiendo fuego a las cartas. En menos de dos minutos, el fuego devoró las palabras, el humo negro las envolvió y finalmente cayeron a sus pies convertidas en cenizas.
—Si yo no puedo soportar ni una carta que le escribe a Miguel, ¿cuánto más le dolió a ella cuando se enteró de todo aquello?
—Ese accidente nos quitó a nuestro último hijo y a ella... casi le quita la vida.
Liberto dijo estas palabras con el corazón destrozado. No sabía cuánta decepción debió sentir Rafaela cuando, en su momento más vulnerable, cuando más necesitaba a alguien, él no estuvo ahí.
—Lo que me está haciendo ahora es solo un castigo por lo que yo le hice antes.
—Todo esto me lo busqué yo solo...
Mauricio quiso decir algo, pero se contuvo antes de hablar:
—Que un líder se deje llevar por los sentimientos no es bueno. Su mirada debería estar en el futuro de la familia Huerta, hay muchas cosas esperando por usted. Ya ha perdido demasiado tiempo con la señora.
—¡Todo lo que hago es por ella! ¡Sin ella, nada de lo que hago tiene sentido!
—Dejar que el Grupo Jara se meta en tantos proyectos importantes del Grupo Huerta... lo hago solo para atarla a mi lado para siempre.
Mauricio asintió:
—Me encargaré de destruir estas cartas lo más rápido posible. La señora nunca lo sabrá.
Esas cartas eran su única esperanza y consuelo. Cuando Rafaela regresó al hotel, el personal ya había limpiado la sala; no quedaba ni rastro de nada.
Al llegar, los guardaespaldas de la puerta ya se habían ido.
Los días pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Al no tener noticias de Miguel, Rafaela ya estaba lista para rendirse y volver a su país.
Pero Liberto cortó comunicación de repente. Que no la contactara uno o dos días era pasable, tampoco es que ella muriera por verlo, pero ya había pasado casi una semana... ¡Rafaela intentó llamarlo y el teléfono seguía apagado!
Las olas rompían a sus pies. Rafaela estaba descalza en la orilla de la playa, escuchando el rugido del mar. El sol brillaba en lo alto, en un cielo despejado sin nubes.
Miró la llamada que se cortó automáticamente.
No contestaba mensajes, no entraban las llamadas...
¿Qué demonios estaba tramando?
Rafaela estaba a punto de aventar el celular cuando, de repente, sonó el tono de llamada. Vio quién era y se lo llevó al oído...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...