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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 821

—Tú nunca odias a nadie sin razón —continuó Alonso—.

—Si lo tratas así, tendrás tus motivos.

Rafaela se sorprendió de que Alonso la defendiera. Decidió ser honesta con él:

—Si papá se entera de que regresé y que no me importa lo que le pase a Liberto, se va a enojar mucho.

—Lo sé. Por lo pronto, quédate en la Casa Delicias del Sol. Ya te preparé una habitación. Acabas de llegar, descansa bien. Si necesitas algo o te sientes mal, avísame.

Alonso siempre había sido bueno con ella. Si en el pasado sus familias no hubieran tenido tantas dudas —si los Cruz no hubieran menospreciado a los Jara por falta de abolengo, y si su padre no hubiera pensado que a los Cruz les faltaba alguien capaz de manejar el Grupo Jara—, probablemente se habrían casado, tal como lo habían planeado desde que eran niños. Ahora, al menos, tendría una vida tranquila, sin tantas preocupaciones. No como con Liberto… quien, cada vez que aparecía, le revolvía la vida y los pensamientos.

Una hora y media después, el carro se detuvo suavemente frente a la Casa Delicias del Sol.

El portón estaba abierto y toda la villa iluminada. En el segundo piso, la habitación de Maritza tenía las luces apagadas, pero la chica, en pijama, abrió una rendija de la cortina para espiar quién bajaba del auto.

Rafaela realmente había vuelto.

Cuando Rafaela levantó la vista, la descubrió. Desde ese ángulo era imposible no verla. Maritza, al verse atrapada, escondió la cabeza de inmediato.

Rafaela subió al segundo piso, a la habitación de huéspedes que le habían preparado. Era casi del mismo tamaño que la de Maritza. En el armario había ropa de su talla y un pijama doblado a los pies de la cama. Lo tomó y se metió directo a la ducha. El agua caliente cayó sobre su cabeza y, al cerrar los ojos, no pudo evitar recordar aquella noche en el hotel.

Recordó a Liberto, en una postura sumisa, agachado frente a ella, lavándole los pies con una devoción casi servil.

La imagen cambió bruscamente a la voz de su padre informándole que Liberto había tenido un accidente.

Sentía como si dos versiones de sí misma pelearan en su interior: una la insultaba por no tener corazón, y la otra le gritaba que él se lo había buscado.

Rafaela no podía negar que, en el fondo, estaba preocupada. Pero… ¿y él?

Desde el momento en que supo que ella había tenido aquel accidente de carro, ¿acaso su corazón sintió, aunque fuera por un segundo, la misma angustia que ella sentía ahora?

Justo cuando iba a probarla, sintió un calor repentino, como si un malvavisco gigante y suave la estuviera abrazando.

Rafaela se había metido en la cama de Maritza. Su habitación olía a fresas dulces, y ella misma desprendía ese aroma. Rafaela intentaba calmarse aferrándose a esa calidez.

Maritza abrió los ojos, medio dormida y confundida.

—¿Rafaela? ¿Qué haces aquí? —se talló los ojos, incrédula.

Rafaela la abrazó con fuerza.

—Maritza… cuando te sientes mal del corazón, ¿qué haces para que se te pase?

Maritza se giró para quedar frente a ella, con la preocupación borrándole el sueño de los ojos.

—¿Te sientes muy mal?

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