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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 820

Hace diez minutos, en un hospital privado de primer nivel en Francia, Mauricio recibió una llamada de uno de los guardaespaldas que custodiaban a Rafaela. El hombre le reportó la situación:

—La señora Rafaela ya llegó a salvo al aeropuerto. El avión despega en diez minutos.

Mauricio respondió con un francés fluido, mientras su mirada se clavaba en el hombre que yacía en la unidad de cuidados intensivos. Las líneas del monitor cardíaco apenas se movían; su pulso era demasiado débil.

Hacía apenas media hora, el hospital les había dado el ultimátum: si no despertaba antes de la medianoche de mañana, lo declararían en estado vegetativo permanente, sumido en un sueño del que jamás regresaría.

Durante la última semana, el joven Liberto no había contactado a Rafaela. Mauricio pensó que, pasara lo que pasara, ella al menos preguntaría por él una vez. Pero no lo hizo. Si hubiera mostrado aunque fuera un poco de preocupación, tal vez no se habría marchado con tanta frialdad.

El joven amo apostó todo su futuro por ella y, al final, resultó ser un amor unilateral.

«Quizá sea mejor así», pensó Mauricio. «Ahora que hemos visto las verdaderas intenciones de esa mujer, cuando el joven despierte… será momento de que se olvide de ella para siempre».

Por muy buena que fuera la hija de los Jara, si su corazón no estaba con Liberto, él no tenía por qué seguir respetando los lazos del pasado. Si quisiera tragarse al Grupo Jara, le bastaría con decir una sola palabra.

Así, Liberto podría recuperar su verdadera identidad y todo lo que hizo en el pasado dejaría de contar. La venganza de la familia Gómez podría cobrarse justamente a través de los Jara, retomando lo que había ido a hacer allí años atrás.

***

Seis de la tarde.

La azafata, vestida con un uniforme rojo impecable, se agachó con cuidado junto al asiento de Rafaela y preguntó en voz baja:

—Señorita Rafaela, aterrizaremos en una hora. ¿De verdad no gusta comer algo? Lleva todo el día sin probar bocado.

Rafaela tenía una manta sobre las piernas y los ojos cerrados. Parecía dormida, pero su mente estaba completamente despierta.

—No, gracias. No tengo hambre.

—Ya estás aquí. ¿Y qué va a pasar con él?

—¿Él? ¿A mí qué me importa? —soltó Rafaela con frialdad—. No fui yo quien le hizo daño. Si algo le pasó, el Grupo Jara no dejará de pagarle su indemnización. Y si se muere… pues solo significa que tuvo mala suerte.

Cualquiera que la escuchara pensaría que era una mujer sin corazón.

Al no recibir respuesta de la persona a su lado, Rafaela volteó a verlo; él parecía querer decir algo pero se contenía.

—¿Crees que soy una desalmada por decir eso?

Alonso pronunció dos palabras con calma:

—Para nada.

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