Liberto, sentado de manera casual en la mesa de juntas, con las piernas cruzadas y recargado en la silla, sostenía el teléfono con una mano mientras la otra descansaba sobre los documentos. Tamborileaba rítmicamente con el dedo índice, saboreando cada una de las palabras de Rafaela. Reflexionó un momento y comprendió de inmediato que ella nunca diría algo así sin motivo.
Probablemente algo había pasado.
—La señora Padilla tiene derecho de veto sobre cualquier decisión de la empresa en todo momento —respondió Liberto con una sonrisa.
—¡Qué presumido! Apúrate y manda a alguien a recogerme, me muero de hambre —dijo Rafaela con un tono caprichoso antes de colgar, sin importarle si la gente en la oficina detrás de ella había escuchado la conversación.
—¡Profesor Pablo! ¿No cree que Rafaela nos está humillando? ¡Quién se cree que es! ¿De verdad se siente la esposa del director general del Grupo Jara? Si es así, ¿eso significa que no tenemos ninguna posibilidad de conseguir inversionistas? —se quejó Rebeca.
Esa Rafaela las había estado fastidiando desde que empezaron el primer año, y ahora seguía igual. ¡Solo porque aprendió restauración de joyas un poco antes que ellas se sentía la gran cosa!
El profesor Pablo, al ver que no recapacitaban, suspiró con resignación.
—Ustedes… Ay, todavía no entienden el significado de la restauración de joyas. Ya las ayudé en todo lo que pude. Si siguen causando problemas, cuando algo malo pase… nadie podrá salvarlas.
»Se los dije hace mucho tiempo, las habilidades de Rafaela en restauración están al nivel de un profesor, pero no quisieron escuchar.
»Cristina, tú y la gente del taller tomaron una joya valuada en más de tres millones y la convirtieron en una pieza defectuosa. En su momento, el cliente fue muy claro: quería demandarlas. Si no fuera por la intervención de la universidad, ahora no solo estarían lidiando con tres millones, sino que también arruinarían su prometedor futuro. Y todo fue gracias a Penélope, que les cubrió temporalmente esa cantidad.
»Si no tienen la capacidad, no acepten el trabajo.
»Ahora, váyanse todas a clase.
Cristina, aún sin darse por vencida, insistió:
—Profesor Pablo, de verdad hemos cambiado. Desde el incidente, hemos estado estudiando mucho y aprendiendo seriamente sobre restauración de joyas. Si no me cree, puede ponernos un examen. Esta vez no volveremos a ser tan imprudentes.
—La universidad ya les ha dado más de una oportunidad —respondió el profesor Pablo—. Si quieren volver al taller, hablen con Rafaela. Ahora la asociación y el taller le pertenecen a ella.
—¡Profesor!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...