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Venganza Reencarnada de la Rica Heredera romance Capítulo 1026

—Tuvimos una reunión hace poco. Evaluaremos cada caso y haremos los descuentos correspondientes. La señora Padilla ya puede estar tranquila. También hablé con la prensa para que no publiquen nada; esto no afectará al Grupo Jara en lo absoluto.

Rafaela no tenía ninguna duda de la eficacia de Liberto en el trabajo.

—Ven aquí.

Rafaela se cruzó de brazos, sabiendo perfectamente qué quería él. Sin embargo, no estaba de humor para ponerse romántica en plena oficina.

—¿Desde cuándo empezaste a darme órdenes?

—Caminé por todo el centro comercial con Maritza y me duelen muchísimo las piernas. Ven y dame un masaje.

Dicho esto, Rafaela se sentó en el sofá. Liberto, aceptando su destino, se levantó y se sentó junto a ella. Rafaela se acostó de manera natural, apoyando sus piernas sobre él mientras abrazaba un cojín. Al sentir los masajes en sus pantorrillas, el dolor disminuyó bastante.

Poco a poco, con el masaje, Rafaela se quedó profundamente dormida en cuestión de minutos.

Al ver que la puerta de la oficina del presidente no estaba cerrada, Joaquín se acercó para informarle sobre los acuerdos alcanzados con la estación de policía. Sin embargo, justo cuando iba a hablar, vio la escena dentro de la oficina. Joaquín cerró la boca a tiempo y se retiró en silencio.

...

Cuando Cristina y Yara salieron de la comisaría, ambas no podían evitar verse completamente deprimidas.

—No pensé que este truco realmente funcionaría; el Grupo Jara de verdad cedió. Yo sabía que Penélope todavía nos consideraba sus amigas —comentó Yara.

—El Grupo Jara nos perdonó una parte, pero pagar el resto sería como vender nuestras vidas; es imposible juntar todo ese dinero. ¡Son más de seis millones y tenemos que pagarlos en tres años! —se lamentó Cristina.

—Y pensar que cuando teníamos el taller, manejábamos millones, decenas de millones. Esto no era nada...

—Yarita, ¿te atreves a intentarlo una vez más? —preguntó Cristina.

Cristina soltó una carcajada burlona.

—Entregar un solo diseño a la semana, y encima tener que revisarlo un montón de veces por solo quinientos pesos... ¿Te parece mucho dinero?

—Cristina, reacciona. Ahora que pasó esto, todos nuestros antiguos clientes ya se enteraron. Nadie se atreverá a contratarnos. Antes teníamos el respaldo del Grupo Jara, pero ¿y ahora? —le reclamó Yara—. Todo se fue al diablo de la noche a la mañana, ya no nos queda nada...

—¡No sabremos si no lo intentamos! —exclamó Cristina—. La última vez guardé el contacto de la Sra. Zenteno, del Grupo Materiales Atlas. Al rato la llamaré, tal vez esté dispuesta a invertir un poco en nosotras...

—¡Mientras no nos rindamos, me niego a creer que no podamos reabrir nuestro taller de restauración de joyas!

Yara sintió que ya no podía convencerla; era como si Cristina estuviera poseída.

—¡Por qué te aferras tanto a esto!

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