Zulema se quedó parada en la entrada del hospital, sin saber a dónde ir. Como aún no había resuelto sus asuntos, no podía volver con la familia Nieto. Tampoco se atrevía a ir a ver a su profesor, por miedo a empeorar su salud, y mucho menos ahora que no se sentía lista para darle la cara.
De pie junto a la calle, suspiró profundamente y decidió marcharse sin más.
Veinte minutos después, el taxi se detuvo frente a la mansión de la Familia Fajardo. Zulema subió directamente a su cuarto, abrió el armario y, al mirar los regalos cuidadosamente guardados en el lado derecho, sintió una punzada en el pecho.
Eran los regalos que Alberto le había dado en sus aniversarios, desde el primer año hasta el quinto.
Durante todos esos años, cuando sentía que ya no podía más, esos detalles eran lo único que la mantenía con fuerzas para seguir adelante.
Pero esta vez, ni siquiera los tocó; les lanzó una mirada fría y empezó a guardar sus cosas en la maleta, la cual no llegó a llenarse ni hasta la mitad.
Zulema sonrió con ironía. Al girarse, vio una muñeca de su hija sobre un mueble; la tomó y la acarició. Era el premio que le habían dado en el festival escolar del año anterior.
Pero ahora sentía que ya no tenía sentido asistir al festival del próximo mes.
Tras terminar de empacar, bajó las escaleras con la maleta. Se detuvo un momento para observar ese lugar en el que había vivido tanto tiempo, un sitio lleno de recuerdos de su romance con Alberto y momentos felices con su hija. Sentía como si le hubieran puesto una enorme piedra sobre el pecho.
Soltó un largo suspiro, se dio la vuelta y salió rumbo a la estación de trenes.
Para cuando llegó a la estación, ya era de madrugada. Zulema arrastraba su maleta hacia el interior.
Justo en ese instante, escuchó unos pasos apresurados.
—¡No corras! ¡Detente!
Era la voz de un hombre, cargada de furia.
Zulema levantó la vista por instinto y vio a un sujeto que jalaba bruscamente a una niña pequeña, de unos cuatro o cinco años, quien intentaba soltarse desesperadamente.
Sin pensarlo, Zulema extendió los brazos para atraparla y, al bajar la mirada, se topó con unos ojos enormes llenos de lágrimas.
La pequeña levantó la carita aún humedecida por el llanto, se aferró con fuerza a la manga del abrigo de Zulema y suplicó con voz temblorosa:
—¡Señora, ayúdeme! ¡No lo conozco!
A Zulema se le encogió el corazón; su primera reacción ante algo así fue intentar llamar a la policía.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Volví a Nacer Cuando Él Fingió Morir