Zulema miró hacia la ventana del vehículo y vio a Xavier sentado en los asientos traseros. Tenía el rostro tenso y los labios apretados; al verla, resopló fríamente y desvió la mirada.
A Zulema se le escaparon las lágrimas de inmediato.
—Señora Julia...
A Julia se le rompió el corazón verla así y la envolvió en un abrazo.
—Ya pasó, todo estará bien. Vamos a casa.
Llevó a Zulema al auto, la acomodó en el asiento trasero y se sentó en el de copiloto.
Xavier, sentado al lado de Zulema, permaneció en silencio; seguía con una expresión severa, pero de vez en cuando la miraba de reojo.
Condujeron durante unos veinte minutos hasta detenerse frente a un viejo edificio de apartamentos.
El hogar de Xavier estaba en el tercer piso; era un departamento modesto de dos habitaciones y una sala.
Julia hizo que Zulema se sentara y le sirvió una taza de algo caliente:
—Tómate esto para que entres en calor. Voy a buscarte unas cobijas; esta noche duermes aquí y mañana veremos qué hacer.
Zulema sostenía la taza; el vapor caliente empañaba su vista y le nublaba los ojos.
Al ver el cabello blanco de su maestro y su actitud testaruda, sintió un nudo en la garganta y una calidez en el pecho.
—Profesor... lo siento mucho.
Xavier soltó un bufido:
—¿De qué te disculpas? A mí no me has hecho nada malo.
Zulema bajó la mirada, dejando caer nuevas lágrimas.
Julia decidió ignorarlo. Colocó las cobijas en el sofá, se sentó al lado de Zulema, le tomó la mano y le dijo:
—Zuly, no le hagas caso, ya conoces su carácter. Dime, ¿qué fue lo que pasó? ¿Por qué terminaste en la delegación?
Zulema negó con la cabeza:
—No fue nada malo... Solo ayudé a alguien que lo necesitaba.
—Mientras estés a salvo, es lo que importa —dijo Julia—. Tu profesor te guardó un lugar para que des una ponencia sobre los avances en los medicamentos contra el cáncer, será en un foro médico internacional dentro de un mes. Él pensaba ir, pero su salud no se lo permite, así que decidió cederte el lugar.
Xavier desvió la mirada:
—No me mires así; te lo di porque no puedo ir y te tocó la suerte. Si quieres participar, prepárate bien; si no, déjalo.
Zulema sabía que detrás de su fachada dura había un buen corazón, y se sintió profundamente conmovida:
—Iré, profesor.
Solo entonces Xavier volteó a verla:
—Aprovecha este mes para prepararte al máximo. Te dieron esa oportunidad porque tu difunto esposo le salvó la vida al organizador. Esta ponencia es crucial; asistirán los mejores expertos del rubro, así que no vayas a hacerme quedar en ridículo.
—No lo haré —Zulema asintió con firmeza. Hizo una pausa y, con algo de duda, confesó—: Profesor, quiero volver al Instituto.
La mano de Xavier se detuvo y Julia también pareció sorprenderse. Su expresión se volvió más seria:
—El Instituto ya no es lo que solía ser.
Zulema asintió:
—Lo tengo decidido; regresaré sin importar las circunstancias.
Ya no quería depender de nadie más.
Julia suspiró; parecía que había cosas que ya no se podían ocultar.
—Alguien quería comprar los resultados del proyecto de tu profesor, pero ya conoces lo terco que es; se negó por completo. Entonces los inversionistas retiraron su dinero y nos dejaron sin fondos. Todo este estrés hizo que tu profesor acabara en el hospital; su corazón ya estaba mal y esto lo empeoró.
A Zulema se le encogió el corazón:
—¿Pero por qué pasó esto?
Julia soltó una sonrisa amarga:
—Zuly, tú sabes mejor que nadie que el desarrollo de medicamentos oncológicos es un proceso eterno. Requiere mucha inversión inicial y los resultados tardan en llegar. Muchos inversionistas no tienen paciencia o, simplemente, buscan quedarse con todo el crédito.
Zulema se quedó en silencio por unos momentos hasta que una idea brilló en su mente.
Sebastián Ríos, de Corporación Horizonte, siempre había invertido en la industria biomédica; si lograba conseguir su apoyo...
Su mirada se volvió decidida:
—Señora Julia, iré a buscar financiamiento.
Julia se sorprendió:
—¿Tú?
Zulema asintió:
—Conozco a alguien que podría ayudarnos; vale la pena intentarlo.
Sacó su celular, buscó la tarjeta de Sebastián Ríos y, al ver las letras doradas con su nombre, tomó una profunda bocanada de aire.
Esta era su única oportunidad y tenía que aprovecharla al máximo. El futuro del Instituto Metropolitano de Ciencias se decidiría mañana.

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