Alberto batalló con su teléfono un buen rato hasta que por fin logró comunicarse con Leandro Corona.
Pasó el aparato por el hueco de la puerta. Sofía lo tomó con las manos temblorosas.
La señal en aquel oscuro encierro era pésima.
Se tiró al suelo, sacó el brazo derecho por el pequeño agujero, sostuvo el teléfono con firmeza y pegó la cabeza a la madera para poder escuchar.
Los bordes astillados del agujero le raspaban las mejillas.
Deseaba gritar del dolor.
Abrió la boca, soltando quejidos ahogados para soportarlo.
Al otro lado de la línea, por fin se escuchó la voz de Leandro, quien preguntó de golpe:
—¿Ya lo pensaste bien?
Esa voz que tanto había extrañado, el dolor de la madera clavándose en su rostro... los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.
—Leandro, ¿por qué no has venido a verme?
—Han pasado diecisiete días... Han cambiado muchas cosas.
—Leandro... estoy embaraza...
De pronto, la risa de Isabel Molina interrumpió la llamada: —¡Leandro, ven rápido!
La mujer sonaba coqueta, tan feliz que parecía flotar en las nubes.
El mundo de Sofía se derrumbó.
Un viento helado arrasó con todo.
Apagó la última chispa de esperanza que le quedaba en el corazón.
La desesperación trepó por su interior como una enredadera salvaje, asfixiando su corazón hasta convertirlo en una masa inerte. Su amor ciego y devoto murió en ese instante.
La obsesión que sentía por Leandro Corona acababa de desvanecerse.
Esa historia de amor dejaba arrepentimientos, sí, pero no remordimientos.
Al repasar todo lo que había sufrido durante ese tiempo, las humillaciones, el dolor... se dio cuenta de que había valido la pena.
Veinte días de infierno le habían bastado para arrancar de raíz el veneno llamado Leandro Corona y liberarse para siempre.
Ya no lo culpaba.
Pero tampoco lo amaba.
A la mañana siguiente.
El guardaespaldas de orejas grandes abrió la puerta.
La luz inundó la habitación.
En un rincón, sobre un pequeño banco de plástico, descansaban los papeles del divorcio.
Sofía tomó el bolígrafo y se dispuso a firmar.
Creía que, tras una noche reconstruyendo sus defensas mentales, estaba lista para enfrentar la despedida.
¿Acaso Leandro le estaba diciendo: "Vete rápido, no te lleves nada que te ate a nosotros, y ni se te ocurra volver a buscarme"?
Quería que desapareciera de la faz de la tierra. Que no lo molestara nunca más.
Él mejor que nadie sabía que ella, habiendo crecido como arrimada, era la persona más dócil del mundo.
Pues le daría el gusto. Ni siquiera le importaba el bebé que llevaba en el vientre.
¡Cortaría todo lazo de forma definitiva!
Sofía arrastró la maleta de lona y salió por la pequeña puerta trasera, la misma que usaban para pasear a los perros.
Apenas puso un pie afuera, el guardaespaldas pasó el cerrojo.
En la calle, la llovizna le mojaba el cabello sucio y enmarañado, haciendo que el agua turbia le escurriera por los ojos, ardiéndole.
Caminaba un trecho, se detenía a limpiarse el rostro, y seguía avanzando.
Al salir del exclusivo Residencial Vistas del Rey, vio un taxi.
Levantó los brazos de inmediato y gritó con todas sus fuerzas: —¡Señor, señor, pare por favor!
El coche frenó con indecisión. Parecía dudar si detenerse o no.
Tras avanzar unos metros más, el conductor asomó la cabeza para mirarla.
Sofía levantó la maleta y corrió hacia el vehículo.
Cuando estaba a punto de alcanzarlo, su mirada se cruzó con los ojos del taxista, que la observaban con evidente horror.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...