¡Pum!
Isabel cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra la mesa de centro. El cristal se hizo añicos y la sangre comenzó a brotarle de la frente.
Leandro entró corriendo en ese preciso instante, presenciando la escena con sus propios ojos.
—¡Sofía! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!
El grito atónito del hombre destrozó el alma de Sofía.
A la vez, el grito pareció despertar a Cristina, que yacía en el suelo pálida y como si estuviera a punto de morir. Abrió los ojos y preguntó con voz quejumbrosa y llena de dolor:
—Leandro... ¿esta es la mujer... con la que te casaste?
—¡Mamá! —Leandro se arrojó de rodillas junto a ella.
Cristina dejó caer unas lágrimas amargas: —Te lo dije. Te advertí que no debías estar con ella. No me hiciste caso... ¿y ahora yo tengo que pagar las consecuencias?
—¡Lo siento!
Cristina soltó un jadeo: —¿Ahora están contentos? A partir de ahora... podrás vivir feliz con ella, mientras la madre que te dio la vida morirá asesinada, sola... cof, cof...
—¡Mamá! No hables, por favor. La ambulancia ya viene en camino.
Leandro temblaba tanto que parecía a punto de romperse en mil pedazos.
Cristina murmuró: —Ve a ver a Isa. Hoy salió lastimada por mi culpa... Yo la arrastré a esto.
—Isa está bien, mamá, tranquila.
Cristina negó con la cabeza y, con los ojos a medio cerrar, comenzó a decir lo que parecían ser sus últimas palabras.
—Toda mi vida estuve rodeada de comodidades y lujos. Mi única verdadera desgracia fue el cáncer. Luché contra esta enfermedad por más de tres años. Mi operación fue un éxito y los médicos dijeron que podría vivir diez años más...
—Nunca imaginé que hoy... terminaría apuñalada por la mujer que tú elegiste como esposa.
—Si todavía me consideras tu madre, la mujer que te crio, no puedes compartir la cama con la asesina de tu madre. ¡La mujer que me mató es tu enemiga!
Cof, cof...
Cristina lo empujó débilmente mientras respiraba con dificultad: —Ve... ve a ver a Isa. Ella salió lastimada por defenderte a ti y por mi culpa. Tienes que hacerte responsable de ella... trátala bien. Si no lo haces... ¡no podré descansar en paz!
Sofía solo pudo observar, con los ojos bien abiertos, cómo Leandro corría hacia Isabel Molina y la levantaba en brazos.
Leandro le preguntó con desesperación y compasión: —Isa, ¿cómo estás?
—Leandro... yo... ¿me voy a morir? —murmuró Isabel, acurrucándose en el pecho del hombre, luciendo débil y digna de lástima.

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