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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 260

En ese aspecto, Lucía tenía la victoria asegurada.

Lucía no cargaba con la etiqueta del divorcio, su historial estaba impecable y gozaba de una excelente reputación en la sociedad.

Saber que su hija había logrado pescar a un pez gordo la llenó de orgullo y mejoró enormemente su humor.

Cristina se fijó en el camino y preguntó: “Leandro, ¿te desviaste por el periférico para ir a casa?”

No era la ruta más directa; el trayecto parecía dar un rodeo innecesario.

La voz de Leandro resonó profunda y pesada: “Mamá, hay algo que tengo que decirte... Papá tomó la decisión de pedir el divorcio. Vamos primero a arreglar los papeles y después...”

“¿Qué?” Cristina abrió los ojos desmesuradamente.

¡Estaba atónita!

¿Arturo Corona había decidido divorciarse por su cuenta? ¿Sin siquiera consultarle?

Era una falta de respeto absoluta.

Se había unido a Arturo a los veinticinco años, lo había acompañado durante treinta y siete años, entregándole su juventud y su madurez. Le había dado cuatro hijos y había sido la mujer abnegada a su sombra toda la vida. ¿Y ahora, justo cuando ella enfrentaba la peor de las desgracias, él la abandonaba?

“¡No me voy a divorciar! ¡No quiero el divorcio!” Cristina estalló en llanto.

Su rostro, cubierto de manchas de la edad y arrugas profundas, se contrajo por el dolor.

Isabel, perdiendo la paciencia, alzó la voz con fastidio.

“¡Por favor, ten un poco de consideración por la familia Corona, y también piensa un poco en mí!”

“Gracias a tu escandalito, las acciones del Grupo Corona se desplomaron durante tres días seguidos y la empresa perdió miles de millones de valor en el mercado. Ahora todo el mundo se burla de nosotros en internet; las críticas son tantas que podríamos ahogarnos en ellas. Si sigues en la familia, ¿cómo se supone que va a sobrevivir el Grupo Corona?”

“Y mírame a mí... Por culpa tuya, me cancelaron doce contratos publicitarios, tuve que pagar millones en penalizaciones y estoy encerrada en casa sin poder trabajar, como si estuviera muerta.”

Cristina, herida por el reproche, no cedió ni un centímetro.

“¡¿Y para quién crees que hice todo esto?!”

Gritó furiosa. “Si fuera solo por mi propio beneficio, ¡¿crees que habría arriesgado mi propia vida?!”

En ese momento, Leandro metió el auto a una gasolinera.

Un despachador se acercó para llenarle el tanque.

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