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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 426

En la habitación del hospital, dos de los hombres más codiciados de las grandes familias se enfrentaban: uno ciego y el otro perdiendo la razón.

Samuel Solis, con la mandíbula torcida, farfulló: —¡Y a tiiiii quién te piidió queee me viiiinieeras aa veeer!

Leandro Corona, sentado en su silla de ruedas, respondió con sorna: —Fue idea mía. Solo quería ver lo patético que te ves. Bien hecho, Samuel. Tirarte por la ventana por una mujer te convierte en el chiste más grande del año.

¡Hmpf!

Samuel se dejó caer de espaldas contra la cama.

—¡Puuueeees no te daaareee el guuusssstooo!

Y con eso, dejó de forcejear y de gritar.

Iván Quintana aprovechó la pausa para intervenir: —Por favor, présteme los informes médicos de Don Samuel.

Humberto, el fiel asistente de Samuel, se los entregó con absoluto respeto.

Los informes estaban guardados en una carpeta oficial del hospital: desde las radiografías hasta los análisis de sangre, era un fajo considerable.

Iván se ajustó sus gafas de montura dorada y comenzó a examinar los documentos con mirada de experto...

—Qué hombre tan fascinante —suspiró Mía Soto, que había salido de la habitación pero regresó sigilosamente para pararse junto a la Señora Solis con cara de colegiala enamorada.

—¿Y tú a qué regresaste?

La Señora Solis rodó los ojos. Llevaba mucho tiempo harta de esa mujer.

—Es que estoy muy preocupada por mi bebé. Que tenga el cordón umbilical enrollado dos veces en el cuello es muy peligroso. Quiero que el Doctor Quintana me revise en cuanto termine con Samuel. Además, no tengo nada más que hacer que guardar reposo, me sobra tiempo para esperar —respondió Mía, sin apartar la mirada de Iván, completamente fascinada.

La Señora Solis levantó la barbilla con altivez.

—Todo esto es gracias a Isabel. Ella fue quien conoció al Doctor Quintana y me lo recomendó. Es gracias a mí que ustedes también pueden aprovechar esto.

Isabel aprovechó la oportunidad para entrelazar su brazo con el de la anciana. —Poder aliviar las preocupaciones de la abuela me hace muy feliz.

La anciana acarició la mano que descansaba sobre su brazo.

—Mi niña, eres tan considerada y cariñosa. Los regalos que me traes y las personas que me presentas son siempre lo mejor.

Todos observaban a Iván, sumergido en los informes médicos; era la viva imagen de la erudición.

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