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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 294

Hoy había bastantes personas en casa.

La familia de Sofía preparó el gran comedor para los invitados.

Cinco adultos y dos niños se sentaron alrededor de la enorme mesa redonda con capacidad para diez personas.

A Samuel le encantaba Ana, y no dejaba de mirarla con una enorme sonrisa.

—El cabello de Anita es precioso. Rizado, brillante y tan suavecito... Parece una muñequita de porcelana hecha a la medida.

Ana se tocó la pequeña tiara en la cabeza y explicó con alegría: —Es el regalo de cumpleaños de mi tío Lorenzo.

—Es bellísima —dijo Samuel riendo.

—El tío Lorenzo también me encargó una de diamantes. El otro día dijo que en quince días ya la podría recoger.

Samuel sonrió aún más. —Entonces avísame cuando llegue, quiero venir a verte luciendo como toda una princesa.

Pero...

Los grandes ojos de Ana se giraron para mirar a Sofía.

Desde que su mamá regresó de la costa, no había vuelto a mencionar a Lorenzo ni una sola vez, y él tampoco les había vuelto a llamar.

Parecía que... algo malo había pasado.

Karina tomó un trozo de Pargo a la Plancha y lo puso en el plato de Samuel.

—¿Tienes hambre? Come un poco.

—Sí, lo que diga mi esposa —respondió Samuel, llevándose el pescado a la boca.

Karina le advirtió en voz baja: —Los hijos de la Doctora Valdivia son adorables, pero hay gente mala allá afuera con malas intenciones. Por eso, no debes ir por ahí comentando lo inteligente que es Sebastián o lo hermosa que es Ana, ¿entendido?

Samuel asintió. —Entendido. Hay demasiada gente mala que se roba a los niños, debemos proteger a los nuestros.

Karina cruzó miradas con Sofía.

Ambas sonrieron.

Siempre habían manejado el tema de la privacidad con mucho cuidado.

Karina y Samuel salieron de la casa a las cuatro de la tarde.

En cuanto subieron al auto, ella le dio indicaciones precisas:

—Cuando lleguemos a Puerto Esmeralda, te estacionas en la orilla de la calle, fuera del complejo, y me esperas en el auto.

Al escuchar esto, Samuel casi pega un grito y se incorporó en el asiento.

—¿Por qué no puedo entrar contigo?

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