Isabel Molina adoptó una actitud de dueña y señora, rebosando arrogancia.
Sofía Valdivia se detuvo en seco.
Hacía apenas unos días que no la veía, ¿y ahora resultaba que Isabel ya dictaba las órdenes en la familia Solis?
Sofía dirigió su mirada hacia la matriarca de los Solis.
Cuando sus ojos se encontraron, la Señora Solis giró el rostro bruscamente, como si la mirada de Sofía le quemara, esquivándola por completo.
Junto a la anciana estaba Esteban Solis, el segundo al mando en la familia.
Sofía lo miró fijamente.
Esteban Solis, con una expresión afable, le dijo: —Doctora Valdivia, adelante, por favor. Dejo a mi hermano menor en sus manos.
—¡¿Qué?! ¿Don Esteban?
La voz histérica de Isabel retumbó sobre las cabezas de los presentes, aguda y desesperada.
Sofía entrecerró los ojos. —¿Acaso la señorita Molina no está de acuerdo con las decisiones de Don Esteban?
Quería ver quién mandaba realmente allí: si Isabel Molina, o el mismísimo Esteban Solis.
Isabel apretó los puños contra su falda y guardó silencio.
Pero Leandro Corona no tardó en salir a defenderla.
—Isabel solo quería ayudar al traer al fundador de la Clínica Serenidad, Iván Quintana, para tratar a Samuel. El Doctor Quintana es tu jefe, y tu propio jefe ha determinado que el único camino es la cirugía.
Sofía miró al ciego con desdén. —¿Y eso qué?
Leandro continuó: —Si tu jefe dice que es indispensable operar, y tus conocimientos y experiencia no le llegan ni a los talones, ¿qué intentas demostrar viniendo a hacerte la heroína?
—¿Que no le llego a los talones a mi jefe? ¿Tienes pruebas de eso?
Leandro cambió el tono, amenazante. —Te lo advierto, por el bien de Isabel. Samuel vale su peso en oro. Si intentas acomodarle los huesos a la fuerza y le desfiguras el rostro o lo dejas inválido de los brazos, ¿tienes idea de las consecuencias que enfrentarás?
—Por favor, Señor Corona, ilumíneme.
—¡Si lastimas a un heredero de la familia Solis, te despedazarán y te echarán a los perros!
¡Qué miedo!
Mía Soto, sosteniendo su vientre con una mano, empezó a agitar la otra en el aire con exasperación. —Ay, Doctora Valdivia, la verdad es que si la echan a los perros no importa mucho, al fin y al cabo no tiene padres a quienes rendirles cuentas. Si se muere, pues se muere. Pero por favor entienda que no queremos ver sangre, nos hace daño a la vista.
—Ya váyase, ándele, sálgase, no la necesitamos...
Mía agitó las manos como si espantara moscas.
Las mujeres de las distintas ramas de la familia Solis comenzaron a murmurar, dándole la espalda.

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