A las seis de la tarde, el viento helado obligaba a los transeúntes a encoger el cuello mientras los grandes copos de nieve golpeaban las ventanas del coche.
«Señor Lucas, el bebé apenas tiene cinco meses. Lleva mucho tiempo afuera y el frío le va a hacer daño», dijo la niñera, sosteniendo al gordito bebé por las axilas mientras sus piernecitas rebotaban inquietas.
Las puertas del vehículo estaban cerradas a cal y canto, y la luz del interior no lograba opacar la oscuridad de aquella noche de invierno.
Lucas le pellizcó suavemente las mejillas regordetas a su hijo.
«Hoy te está tocando aguantar mucho, campeón. Pero ten paciencia, ya casi vemos a mamá».
La niñera asintió en señal de apoyo. «Eso es verdad. El bebé es la adoración de su esposa; no podrá resistirse a su pedacito de cielo. En cuanto salga del trabajo y lo vea, se le pasará cualquier enojo».
Después de todo, apenas llevaban dos años casados.
Y el fruto de su amor solo tenía cinco meses.
Traer a su hijo en medio de una tormenta de nieve para rogarle que volviera a casa debería ser suficiente para que Ximena olvidara esa locura del divorcio.
La puerta principal del edificio del Grupo Amoris se abrió y Ximena apareció.
Lucas tomó a su hijo de los brazos de la niñera.
Le dio un beso en la mejilla regordeta y le encomendó su misión.
«Mamá ya salió del trabajo, papá te llevará a buscarla ahora mismo».
«Cuando la veas, tienes que sonreírle mucho, abrazarla y pedirle que te cargue, ¿entendido?».
El chofer salió con un paraguas para abrirle la puerta y Lucas se bajó con el bebé en brazos.
Estaba a punto de llevarle a su hijo cuando, de repente...
Sus ojos se abrieron de par en par, impactados.
Detrás de Ximena caminaba un hombre imponente, vestido con un abrigo negro, hombros anchos y piernas largas, irradiando una confianza aplastante.
Ese hombre no era cualquier persona; era el chico guapo de la universidad que solía perseguir obsesivamente a Ximena: Zabdiel Zavala.
En la mente de Lucas resonó una frase que Ximena le había dicho alguna vez: [Ese tal Zabdiel Zavala es brillante, pero viene de una familia demasiado pobre].
Durante su época de estudiantes, Zabdiel había sido la sensación de toda la universidad.
Proveniente de un pueblito perdido en las montañas, sus padres apenas sobrevivían cultivando un pedazo de tierra y criando un par de cerdos.
En la preparatoria, logró estudiar gracias a un préstamo del gobierno, y su única meta en la vida era devorar los libros.
En los exámenes de admisión a la universidad sacó el primer lugar a nivel estatal en ciencias, y el gobierno le otorgó un premio de doscientos mil pesos.

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